Como no enamorarse de Nancy Cunard?

Una Femme Fatal en Chile

“Estas líneas estaban incluidas en un folleto de tapas rojas titulado “Negro man and white lady ship”, que fue enviado en navidad a los representantes de la aristocracia londinense de los años treinta. Las escribió Nancy Cunard como respuesta a su reciente expulsión de la familia por parte de su madre, al enterarse de su fuga junto a un músico negro, importado recientemente por el hotel Savoy junto a una de las primeras bandas de jazz. Esta fue la forma en que esta quijotesca mujer se vengó de la sociedad londinense de la década del treinta. ¿Pero quién fue Nancy Cunard?.
Heredera de uno de los imperios navieros más poderosos de la época, la Cunard Line. Nancy pasó su infancia rodeada de los intelectuales que acudían a las tertulias organizadas por su madre, que pertenecía al círculo íntimo de Eduardo VIII y Wallys Simpson. Veladas a las que asistían el joven Aldous Huxley, el famoso director sir Thomas Beecham (amante de su madre) y el que se rumoreaba era su verdadero padre, Georges Moore.
Aldous Huxley sucumbió a la misteriosa belleza de Nancy y la convirtió en su obsesión. La transformó en la antiheroína de varias de sus novelas, despechado por el rechazo de la aristócrata. La inglesa desterrada estuvo destinada a formar parte de la decadente sociedad londinense, pero decidió hacer el tránsito por la vida desheredada y valiente, comprometiendo su existencia donde hubiera injusticia y dolor. Así es como se traslada a norteamérica con su amante de color, decidida a solidarizar con los muchachos negros de Scottboro, acusados de infamias que no cometieron, condenados por la justicia racista americana. Nancy debe huir nuevamente, expulsada por la policía.
La volvemos a encontrar en el verano y el otoño de 1939, en su primer viaje a España en plena guerra civil, como corresponsal de la “Associated Negro Press”. Aquí encontró dos amistades que se mantendrían largamente. Una con Angel Goded, portero del hotel Majestic de Barcelona. Y la otra con Pablo Neruda, cónsul en Madrid.
George Orwell se encuentra también por esa época en la capital española, donde describe la atmósfera de igualdad, en donde los mozos y los dependientes enfrentaban las miradas de igual a igual. La misma atmósfera que describe Hemingway en sus inolvidables relatos sobre la España republicana, (“Por quien doblan las campanas” y “Muerte en la tarde”). La aristócrata inglesa se encuentra en su elemento. Conocidas son sus preferencias por gondoleros, empleados de hotel, taxistas y por los artistas.
Ella encontró al plebeyo cónsul chileno infinitamente más simpático que al cónsul de Gran Bretaña. Lo sintió un ser caluroso que amaba la buena mesa, el vino y las mujeres. Neruda, que en esa época tiene 32 años, ocho menos que Nancy, le presenta a sus amigos poetas españoles. García Lorca, Rafael Alberti, Raúl González Tuñon, Cernuda, Vicente Alexaindre y toda la pléyade de escritores defensores de la república quedan extasiados ante la belleza e inteligencia de esta mujer maravillosa, que a los treinta años había causado las mismas reacciones sobre los surrealistas. La mujer cosmopolita que había saboreado las corrientes artísticas de su época como nadie. Se extasió con el cubismo, las esculturas de Epstein, Stravinski, los ballets rusos, el jazz americano. Discutió con T. S. Elliot, coqueteó con Louis Aragón, que incluso casi termina con su vida, enloquecido por la aristócrata errante. El poeta francés la coloca como protagonista de su novela “Blanca o el olvido”, y se enamora de Nancy con un amor demencial. La amenaza con matarse si no es correspondido. Ella lo exhorta a quitarse la vida, agregando que quedaría muy sorprendida si tuviera el valor de hacerlo. El se va a un hotel e ingiere una cantidad fuerte de somníferos. Vuelca su sentimiento en el “poema para gritar en las ruinas”. Ahora se encuentra parada en el ojo de una tormenta de sangre, La guerra civil española. Se da cuenta de que debe tomar parte, y toma el lado de la república.
Neruda es despedido de su cargo diplomático, al dar apoyo público a los repúblicanos. Inmediatamente se pone en acción con sus amigos. Debía defenderse la causa de la república por todos los medios. Pronto se traslada junto a Nancy Cunard a la pequeña casa que ésta posee en la campiña francesa, donde tiene una pequeña imprenta.
Neruda, que siempre quiso ser tipógrafo, recordaría su impericia como cajista, donde transformaba las letras, así la palabra párpados se convertía en dárdapos, al colocar las “p” al revés en la caja de composición. Nancy, años después le escribiría desde Londres, burlándose, “Mon cher Dárdapos”. En 1936, apareció, dirigida por nuestro poeta y la escritora Nancy Cunard, la revista «Los poetas del mundo defienden al pueblo español». Cada número contenía poemas de los variados intelectuales y amigos, desde todo el planeta. El dinero recolectado fue destinado a la causa republicana. La revista fue un ejemplo seguido en varios países. Pero la balanza de la guerra ya se estaba inclinando de lado del fascismo. El corazón del pueblo fue acuchillado, el poeta granadino Federico García Lorca había sido fusilado por los soldados franquistas, luego moriría el campesino de Orihuela, Miguel Hernández, en una cárcel madrileña. Picasso, desde Paris, inmortaliza el horror de Guernica, pueblito devastado por las brigadas cóndor nazis.
La causa, que había ejercido un magnetismo sobre los poetas y artistas del mundo, moría estrangulada por el fascismo. Comenzó la persecución franquista, Neruda organiza el viaje de cientos de perseguidos, en lo que él ha llamado la causa más noble de su vida, el viaje del pequeño barco “Winnipeg”, repleto de refugiados españoles, hacia el amparo del gobierno de Chile y el presidente Pedro Aguirre Cerda.
Nancy Cunard también viaja a Chile, con una visa conseguida por su amigo Neruda. Después de una travesía de cinco semanas, la escritora inglesa desembarca en Valparaíso. Viene acompañada de un joven torero.
La aristócrata que bebió con desenfreno la bohemia londinense, en los altos y bajos fondos de la city retratada por Dickens, sigue bebiéndola en nuestro país, pero ahora en las picadas de la calle San Pablo y Bandera. Aquí juguetea con el ratón Agudo, amigo de Neruda, sin comérselo. El joven torero la abandona al poco tiempo y se instala con un local de salchichas y embutidos. Nancy toma por amante a un desdentado poeta provinciano, borrachín empedernido, que la golpea con regularidad británica, que la obligaba a presentarse con gafas oscuras durante el día. Su paso por nuestro país duró veinte meses, en los cuales revolucionó el ambiente de la época.
La mujer fatal de entre guerras viaja por el mundo provocando escándalo con su sexualidad exhibicionista, sus pugilatos, sus borracheras en público. Peleaba donde podía con la policía, causando espectáculos callejeros. Siguió escribiendo apasionadas denuncias dirigidas a jefes de estado, acusando cualquier injusticia en el mundo.
Pronto viene una reclusión en el hospital Saint Clements, del East End en Londres. Salió, pero fue encerrada nuevamente. Las crisis se agravaron con el tiempo. Estaba perdiendo la razón, deliraba. Durante el último año de su vida pesaba 26 kilos. Hablaba sin parar, haciendo reminiscencias de sus antiguos amores. Su antiguo enamorado, Louis Aragón, sale en defensa de la mujer por la cual intento suicidarse. En la última época de su vida, arrienda una miserable habitación en un hotel parisino de ínfima clase. Los clientes que subían por las escaleras la encontraban sentada en los peldaños. Se detenía a tomar descanso para el alucinante viaje a su habitación en el tercer piso, que demoraba dos horas.
Ella los acosaba con preguntas. “¿Conocen a Pablo Neruda? ¿Piensan ustedes que obtendrá el premio Nobel este año?”. Luego les pedía averiguar si Samuel Beckett estaba en la ciudad.
El 16 de marzo de 1965, la que fuera imagen rebelde de entre guerras, expiraba en el hospital Cochin de París. Moría solitaria en la cámara de oxígeno del hospital parisino. El “Evening Standart” dio el adiós doloroso a la reina de los años veinte, la figura excéntrica de los años locos. Alrededor de su figura flotan las melodías de esa época única del siglo XX, los blues y los spiritual afroamericanos, el jazz, las baladas de la España republicana y los himnos inmortales de la poesía francesa moderna.
Una extraordinaria mujer que se estrelló contra lo más odiado, su clase. Y que aun así realizó el paso por este mundo con soberbia y apego a sus principios, librando desafiante la lucha hasta la última batalla.

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