Giger, El Señor de los Mounstros

Cuando en 1979 el director inglés Ridley Scott lanzó al mundo su inolvidable “Alien, el octavo pasajero”, no sólo dio comienzo a una tendencia vectorial en el género de la ciencia ficción, sino que también a una actualización del terror cósmico, a la ma-nera de H. P. Lovecraft, el padre de las criaturas indescriptibles, monstruo-sas y preternaturales. La película de Scott, con su criatura perfecta, un organismo indestructible, misteriosamente oculto en los túneles de la nave “Erasmus” – sin duda alusión al barco que transportaba a Drácula desde Transilvania a Londres-, traspasó la línea divisoria entre el cine de ciencia ficción y el terror, haciendo surgir un género todavía inexplorado: el terror cósmico.  Si bien es cierto que desde la década de los cincuenta proliferaron en el cine amenazas “del espacio exterior”, fue la imagen de este alienígena inolvidable la que mantuvo en el borde de los asientos a miles de espectadores en el mundo entero, horrorizándose ante tan informe y cruel criatura. El “Alien”, de Scott, irrumpía abruptamente en un mundo ordenado, limpio y aséptico, donde el horror tenía un rostro definido, tajante. Un acierto que, sin duda, agregó un punto importante en la carrera de Scott, y que, gracias a la popularidad de la criatura, dio la fama merecida a su creador: el suizo H. R. Giger.
Nacido en Chur, Suiza, en 1940, el futuro creador de “Alien” desa-rrolló una clara aptitud para las artes a una edad prematura. Sin embargo, impulsado quizás por una necesidad de expresión inmediata, integró una banda de jazz, desarro-llando más tarde una bri-llante carrera como di-señador, abarcando la arquitectura, los hologramas, los muebles y elementos decorativos, sin dejar de lado lo que cimentaría su fama como artista: las ilustraciones. Ya antes de crear al escalofriante “Alien”, Giger ya gozaba de cierta reputación cuando, egresado de la Escuela de Arte de Zurich, expone sus primeras obras en 1966.
Tras el suicidio de Li Tober, su pareja durante nueve años, la obra de Giger obtiene el tono oscuro que le conocemos, y desde ese punto, sus criaturas biomecánicas toman formas siniestras y terribles. En 1976 recibe el encargo de los diseños para la película “Duna”, en base a unos bocetos iniciales de Jean Giraud, el popular Moebius. Sin embargo, la salida del director, el chileno Alejandro Jodorowsky, incluye también la salida de Giger del proyecto, quedando de esta magra experiencia una carpeta llena de bocetos y una punta de iceberg instalada en la mira de Ridley Scott cuando tuvo la oportunidad de llevar al cine su primera obra mayor. Desde 1979, la fama de Giger se multiplicó por cien, participando en diversos proyectos para el cine y  la música (carátulas de vinilos para Deborah Harry, la ex vocalista de “Blondie”, y para Emerson, Lake & Palmer, considerados dentro de los mejores trabajos en ese género). Galardonado por su diseño de “Alien”, le siguió “Poltergeits II”, “Species” y “Alien III”, no quedando conforme con los tratamientos que se hicieron de ellos.
Considerado el padre de la ciencia ficción moderna, la obra de Giger se ha enriquecido con las opciones que entregan los elementos informáticos, como es la creación de video-juegos. Muy utilizado en diseños relacionados con criaturas espaciales, la obra de Giger merece por su calidad estética, su contenido místico rayano en lo blasfemo, por su estructura metalizada, donde los azules y los grises predominan, un lugar importante en la creación artística del último cuarto del siglo XX, entregándonos una visión descarnada del futuro que vendrá.
Si bien es cierto que existe una distancia en el tiempo de veinticinco años con respecto de la obra escrita de H. P. Lovecraft, este suizo condensó en forma magnífica los engendros del “Necronomicón” en fuertes aplicaciones de acrílico (su técnica preferida, aparentemente) y aerógrafo para obtener tonalidades metálicas en criaturas que sólo podían salir de la creatividad de dos genios del siglo XX, formando un tándem  que no volverá a repetirse, uno con la imaginación escrita y el otro en llevar a la imagen aquellas pesadillas dignas de seres que no son de este mundo (pero tampoco del otro), y que sólo viven en el reino de la imaginación.
La obra de Giger, como toda creación  extemporáneamente va-lorada, adquirirá con el correr de los tiempos la significación que merece y con él el respeto del gran público, la gran masa que de una u otra forma sólo recuerdan de él a su creación: “Alien”. Un paso más para entender que las grandes obras del siglo XX no sólo están en los museos, sino también en los cielos inextricables del futuro.

Por Bernardo Astudillo

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