El Paraíso Perdido de Jorge Teillier

A fines de la década del sesenta el rostro de la poesía en Chile estaba de recambio. El Parnaso chileno estaba poblado por los grandes: desde Isla Negra, Neruda dominaba el ambiente y extendía su influencia, dentro de poco recibiría el Premio Nobel de Literatura y se convertiría en el poeta de los oprimidos y los sin voz en los duros años que estaban por venir. Nicanor Parra, el poeta más lúcido que ha habitado en estos parajes estaba pronto a recibir el reconocimiento del Premio Nacional por su transformación antipoética. Pablo de Rokha se disparaba un tiro en la cabeza ese mismo año, terminando así una larga querella con sus compañeros poetas y con la vida. En este escenario comienzan a brillar con luces propias dos nuevas figuras, Jorge Teillier y Enrique Lihn. Desde ya encaminados a transformarse en mitos. Ambos heridos por los tiempos que se avecinan, compartirán el mismo destino y el desprecio a pesar de ser autores de culto para las nuevas generaciones. Teillier sobreviviría largos años a esta revolución y su recuerdo aún perdura, más bien, pervive entre nosotros.

En ocasiones paso por la Unión Chica, el bar de la calle Nueva York, en pleno centro de Santiago. Teillier decía que cada ciudad tenia su geografía oculta, desconocida para el común de sus habitantes y que sólo podía ser apreciada por algunos pocos espíritus predispuestos a ese encuentro. La Unión Chica era de esos lugares en la década del 70, un sitio tranquilo y con un aire de novela de Dickens, que el poeta convirtió en uno de sus bares metafísicos, un refugio tranquilo y acogedor, donde el tiempo parece transcurrir lentamente y con esa atmósfera de otra época que lo convierte en un lugar especial y acogedor, uno de esos bares que tocados por la poesía se convierten de inmediato en parte del folclor urbano, en míticos.
Sentado en ese lugar, tomando una cerveza y con un cigarro en la mano, observé una vez más el retrato del poeta, la sencilla fotografía que cuelga en un rincón a la entrada del bar. Me gusta mirar esa fotografía, me gusta pensar que el actual dueño del bar, y los conocidos del poeta, tuvieron el buen gusto de entender de qué se trataba todo.
Ahí radica el encanto de la antigua Unión Chica, la sobriedad de esa sencilla fotografía en un lugar apartado, lejos de los cuadros de perros jugando pool y partidas de naipes que constituyen el decorado del lugar, se convierte en el homenaje más sentimental a su parroquiano más famoso. Es inevitable pensar en Teillier cuando se esta ahí.
Supongo que el bar se mantiene tal como era que en los años 70, existe una fotografía del poeta celebrando un cumpleaños, y ahí están las mismas mesas, la misma barra, los mismos viejos, los menús escritos con tiza mojada en las ventanas, y las caprichosas figuras en el enrejado.
En este ambiente, a pasos de la Moneda, comienzo a imaginar los días previos a las elecciones de septiembre de 1970, que llevarían al candidato Salvador Allende a media cuadra de donde estoy sentado, y que protagonizaría los mil días mas agitados de nuestro siglo.
Teillier había abandonado el pueblo de Lautaro, y había desembarcado en Santiago varios años atrás trayendo la neblina y el sonido de los trenes nocturnos en su maleta para convertirse en profesor de Historia de la Universidad de Chile. Por esa época publicaba regularmente unas crónicas en la revista “Plan”, bajo el nombre de “El agua bajo los puentes”, título bastante premonitorio, ya todos sabemos cuánta agua y sangre corrió bajo esos mismos puentes unos años más tarde, pero queda este testimonio de días más inocentes.
Estas crónicas urbanas no disimulaban las simpatías del poeta por el proceso que se estaba viviendo, incluso declaraba no suicidarse hasta pasado el 4 de septiembre, día de la elección. Hijo de un viejo comunista, creía firmemente en el triunfo, en la revolución democrática que estaba a las puertas, contagiándose como todo el mundo, dejándose llevar por la euforia de esos días y con el pensamiento puesto especialmente sobre su viejo padre, un antiguo dirigente que había estado en la trinchera social desde los primeros años. Su poema “Retrato de mi Padre, militante comunista” destila toda la admiración y el sentimiento por el padre.
Pero las crónicas aparecidas en los diferentes diarios no sólo retrataban la agitación política, Teillier nos sumerge en la vida cotidiana del Santiago pre UP, nos describe una mañana cualquiera al interior de la Biblioteca Nacional, o un domingo en la Quinta Normal o el Cerro San Cristóbal, denuncia (35 años atrás) el efecto idiotízante de la televisión, que por esos años estaba en pañales. Se queja amargamente de la pérdida del rito de la conversación, relegada a un segundo plano por la televisión y el fútbol. Medita sobre el alcoholismo social, y sobre su propia afición a la bebida, mientras pasea por el corazón de la ciudad camino al bar más cercano.
El poeta ya había publicado seis libros, entre ellos el maravilloso debut en las letras con “Para Ángeles y Gorriones” en 1956, y las “Crónicas del Forastero” en 1968, y era uno de los más prestigioso poetas afines a la candidatura de Salvador Allende.
Alimentado por la cultura popular, formado en las conversaciones de bar y en los salones de la Universidad, con poetas desdentados y jóvenes aspirantes a escritores, Teillier se mueve desde lo popular hasta las más refinada poesía.
El poeta nos pasea por la literatura provisto de una lámpara y nos indica un camino. Asombra con su profundo conocimiento de la literatura y la poesía de todos los tiempos, parece conocer a cada autor, por sus textos desfilan desde Allen Ginsberg, al que entrevista una mañana en un hotel de Santiago, hasta Francois Villon, en un París nocturno plagado de lobos. Desde Nicanor Parra, en un restauran de Ñuñoa hasta Truman Capote en las praderas de Kansas.
El prólogo a una traducción de Sergei Esenin, “el último poeta de la aldea” conmueve como sólo Teillier sabía lograrlo, la narración de los últimos días de este joven poeta ruso y el escenario de invierno donde este se desarrolla son de una desolación brutal.
En el conocido relato del funeral de Baudelaire, el poeta logra transmitir en ese breve texto toda la admiración por el héroe trágico y enfermo, el albatros humillado por última vez y que no adivina toda la gloria por venir.
Lo mismo ocurre con el relato del conocido episodio en Bélgica, entre el adolescente Arthur Rimbaud y el dionisiaco Paúl Verlaine, el célebre altercado es narrado con la fascinación del que lo descubre por primera vez.
Sus textos son una verdadera guía para los amantes de la literatura. Es ese mundo de la cultura y la calle, la mezcla entre poesía y pulso urbano lo que se convierte en un testimonio de la intensa vida cultural de nuestro país en esos instantes, algo que podríamos considerar el reverso del aclamado documental la “Batalla de Chile”, con el cual se complementan el documento audiovisual y el universo poético.
El poeta siente un particular interés por nuestros escritores, especialmente por los locos anarquistas del primer tercio de siglo, Teillier redescubre a los que llamó los poetas olvidados, en un ejercicio de la memoria nos vuelve a narrar las vidas de los Verlaine, Baudelaire y Rimbaud chilenos, reencarnados en el mítico cadáver Valdivia, en el trágico Joaquín Cifuentes, el adolescente Romeo Murga, el excesivo Alberto Rojas Jiménez y varios más, que desfilan en sus escritos mostrándonos sus miserables vidas, en donde la poesía se muestra ferozmente honesta y humana, y al mismo tiempo redentora. La admiración de Teillier es la de un amante nuestras raíces que rescata con su arte a estos poetas inmortales de la literatura chilena, dotándolos de trascendencia, y convirtiéndolos de paso en referente obligado para los nuevas generaciones de poetas.
Las respuestas al universo de Teillier hay que buscarlas en el propio poeta, en su poesía y especialmente en su labor de cronista, en la claridad que volcaba como crítico literario, en sus lecturas, tan diversas pero unidas por un fino hilo conductor.
Teillier no desprecia ningún género, se refiere con respeto a los antiguos folletinistas, esos escritores considerados de cuarta categoría y que sin embargo todos hemos leído, deleitándonos con esas historias amenas y bien narradas. Los libros de viajeros del siglo XVII son su deleite, con ese instinto que le otorga su calidad de profesor de Historia, sabe perfectamente cuales son los textos dignos de la memoria, los verdaderamente útiles para el imaginario chileno, los imperdibles de nuestras letras.
En un país que desconoce su historia, casi despreciada y escasamente entendida, la poesía de Teillier se nutre de ella y nos enseña a ver lo que tenemos frente a nosotros, pero jamás prestamos atención.
Por otra parte, el pensamiento de Jorge Teillier se opone, incluso repudia, al mundo racional, mecanizado, carente del verdadero sentido que parece ser la aspiración de la mayoría de las gentes que sólo persiguen pequeñas metas, el confort, la comodidad, un televisor y un auto son expulsados del imaginario del poeta.
Jorge Teillier vuelca sus sentidos y nos entrega un mundo donde la búsqueda de la felicidad, realizado en la vuelta a la infancia, la edad dorada por la que todos pasamos, y que de alguna forma queremos recuperar, se convierten para el poeta en una suerte de sello personal, único e inconfundible. La clave de su escritura está provista de estos elementos y de un profundo sentido de arraigo, un ancestral sentimiento de pertenencia lo distancia de su generación. El creador e ideólogo de esta generación fue Enrique Lafourcade, y es también el mejor ejemplo de la pequeña burguesía citadina, deseosa de abandonar el país y encontrar éxito y el anhelado aire cosmopolita que quisieran exudar en sus libros. La generación del 50 se caracterizó por esta meta, y es irónico pensar que el más recordado poeta entre estos escritores fuera también el único que se alejó de su preceptos y cuya poesía sigue tan viva y acrecentándose frente a las nuevas generaciones.
Teillier manifiesta en cada uno de sus textos, con una carga imaginativa poderosa y vital, el deseo del retorno a la infancia, como una forma de ordenar el mundo que le ha tocado vivir. No es extraño encontrar entre sus textos los ingredientes tan particulares, esos guiños a lo popular, a lo que podríamos denominar “lo chileno”.
El poeta además tiene una profunda claridad sobre su oficio y la dignidad que este conlleva. Jorge Teillier comprende y lucha por su arte, y se manifiesta a favor de sus colegas, sumidos por lo general en interminables querellas literarias, peleas banales que no conducen a nada y en donde muchos caen desangrados, vencidos.
Azota en el piso a los chupasangres de siempre, detesta las antologías, que el denomina “antolojías” por lo caprichoso de las selecciones, creadas por el hambre de los sin talento, esos bichos que se arrastran entre los verdaderos poetas para vivir su minuto de gloria a costa del genio que les ha sido negado.
En cada una de sus acciones el poeta parece escoger la trinchera correcta, siempre se mantuvo al lado de los sencillos, de los humildes. Como todos los grandes, se marginó de los odiosos cenáculos literarios, de esos escritores “fatuos como un cisne de fieltro”.
Durante la dictadura se refugió en un pueblito cercano a Santiago, una propiedad llamada el “Molino del Ingenio”, que combinaba con visitas cada vez mas cortas a la capital, donde se refugiaba junto a los amigos que quedaban en esta mítica Unión Chica, donde lo recuerdo hoy.
La muerte visitó al poeta en “El Molino del Ingenio” en 1996.

Por Marcelo Escobar

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