Letras Anarquistas

Son los únicos ejemplos de escritores anarquistas en Chile, junto al poeta
Domingo Gómez Rojas, que apresado durante una huelga terminaría volviéndose
loco en una celda de la cárcel de Santiago. Eran insolentes, audaces,
solidarios, valientes y grandes intelectuales. Y se habían construido solos.

Cuando era un niño y comenzaba a refugiarme en los libros, descubrí un viejo texto escolar que había pertenecido a un tío, el que seguramente había sido obsequiado para nuestra educación. Era un viejo libro con las tapas cafés y el maravilloso diseño tipográfico de esos años, la cubierta parecía encerada por el uso y las paginas interiores estaban resecas y amarillentas. En ese libro leí por primera vez un cuento de Manuel Rojas.
El relato se titulaba “Laguna”, y narraba las desventuras de dos chilenos en un campamento de trabajadores en la cordillera argentina. La singular pareja estaba compuesta por un adolescente y un roto de memorable mala suerte que daba el nombre a la narración. Enganchados por una compañía inglesa para trabajar en las obras que abrirían un túnel para el tren trasandino, conocen un mundo de privaciones: hambre, frió intenso, pero también compañerismo y amistad entre un heterogéneo grupo compuesto por suizos, italianos, argentinos y varios chilenos más.
No tardaría la mala suerte en ensañarse con Laguna, una sucesión de accidentes y castigos por parte de los capataces de la compañía, concluyen por reducir al desafortunado roto a un costal de huesos desdentado. Por su parte el joven chileno decide emprender el cruce de la cordillera, sumándose a una pareja de decididos anarquistas. Laguna ruega, en una escena conmovedora, que lo lleven con ellos, cansado de la mala fortuna y decidido a morir en Chile. El final del relato es desolador.
Jamás había leído algo así, con esa atmósfera mezcla de pesimismo y esperanza, tan cruda y real para un niño que comenzaba a vislumbrar el mundo.
La aparición de los dos anarquistas fue algo que me intrigo durante un tiempo largo, nunca había escuchado esa definición, pero intuía que eran una casta especial de hombres, valerosos y solitarios, nada más.
Con los años me entere de que el episodio lo había vivido el mismo Rojas, que había cruzado la cordillera a pie y había llegado hasta Valparaíso durante su juventud, y que era anarquista.
Manuel Rojas se transformo con el correr de los años en uno de los escritores mas dotados de literatura chilena, duele pensar que sus textos son autobiográficos, que la medula de su escritura, lo que la nutre, es la exquisita combinación de realidad y ficción. Duele pensar que el joven Rojas padeció el hambre que describe en el magnifico cuento “El vaso de Leche”, pero es sencillamente la verdad.
Las privaciones del escritor marcaran su obra, jamás se despegara de ella y esta misma miseria vivida le otorgaran la calidad moral que mantuvo hasta su muerte en 1973.
Es comprensible entonces que el joven Rojas se integrara a las filas del anarquismo desde muy temprano, su escepticismo social lo volcaba en las paginas de la revista Claridad, donde hicieron escuela Pablo Neruda y el mago Alberto Rojas Jiménez, su fundador.
Es interesante revisar en estos días, que el anarquismo malentendido es centro de la noticia, los furiosos ataques del escritor en 1923 a la policía y el orden establecido.
Lo de ahora parece un mal chiste.
Rojas reúne las características esenciales del anarquista: La autoformación, la rabia social, pero no la violencia, y por sobre todo la idea de que es el propio individuo y nadie más el que construye su propio destino.
A los dieciséis años había desempeñado todas las labores que un obrero trashumante podía realizar: zapatero, cerrajero, apuntador de teatro, peluquero, pintor de brocha gorda y por supuesto tipógrafo, el oficio clásico de los monjes anarquistas.
Las lecturas de William Faulkner, Mann y Proust definieron su carácter y lo introdujeron en el árbol que es la literatura, rescatándolo para siempre.
Después de años de preparación esta listo para el gran golpe, su obra maestra.
El libro que despediría violentamente el criollismo establecido, revolucionando los antiguos modelos de nuestra literatura e instaurando el relato realista. Por fin aparecía la novela que aplicaba técnicas modernas a un relato de criollismo urbano, gracias al estudio de los escritores de vanguardia. aparecía “Hijo de Ladrón” y la novela chilena se ponía pantalón largo.
En este difícil camino lo acompaño el otro escritor acrata de nuestra literatura, el también joven José Santos Gonzáles Vera, de similar vida y formación había nacido apenas un año después que Rojas, en 1897 en la localidad de “El Monte”.
Escapa de su hogar apenas un niño y se sumerge en los barrios marginales de santiago, aprendiendo múltiples oficios, hasta relacionarse lentamente con las letras.
Al igual que Manuel Rojas, Gonzáles Vera realiza una obra innovadora y cargada de vivencias, con una escritura lenta y bien pensada, el escritor describe con fina ironía los suburbios de principios de siglo. Con un estilo narrativo exquisito, de una fineza y claridad nunca antes vista, Gonzáles Vera depura su estilo hasta conseguir un minimalismo desacostumbrado en nuestras letras, mezclándolo con un humor de excepcional factura.
En su novela más conocida, esa joya de sencillez que es “Alhué”, el escritor logra cierta notoriedad. El breve e intenso libro describe con una prosa poética, cargada de emoción y nostalgia, el lento pasar en la sencilla villa detenida por el tiempo. Este es el único libro en nuestras letras en que cada descripción esta relatada con una mirada de un preciosismo sobrecogedor.
Con apenas dos libros publicados (Además de su debut en las letras con “vidas Mínimas” de 1923), el escritor es galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1950.
José Santos González Vera fallece en Santiago en 1970.

Estos dos grandes de nuestras letras son los sobrevivientes de los locos anarquistas de principios de siglo, ejemplos de virtud y entereza hasta el último de sus días.
Caminaron una vida juntos, y realizaron una gran cantidad de textos políticos, casi siempre en la revista “Babel”, considerada por muchos como la mejor publicación literaria en nuestra historia. Ahí gritaron las cosas por su nombre, siempre con coraje y dignidad. Fueron amigos hasta el final.

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