Archivo de la categoría: Cine

Mitos y Leyendas del cine Truculento

Bien es sabido en la actualidad, que la industria del cine, gracias al santo mandato de la tecnología, produce una enorme cantidad de celuloide sobrecargado de efectos especiales, desde los Hnos. Lumiére con su luna con ojos avisando el fin del mundo, hasta los efectos caóticos del Titanic. Pero a diferencia de hoy, en los principios era más entusiasta y astuto, realizado con menos presupuesto y sustentando su suerte en la imaginación y el descubrimiento, ya que carecía de sonido y color. Así es como muchas películas utilizaron recursos, más bien parecidos a los del teatro con sorprendentes e innovadores resultados de edición. Un caso de éstos fue Nosferatu (1922), de Murnau, sólido en su guión, basado en el libro Drácula de Bram Stoker. El realizador provocó en los espectadores la dulce delicia de sorprendernos con la tarea de darle movimientos sobrenaturales al protagonista, y en ocasiones utilizando secuencias en negativo.

En esos años, varias cintas experimentaron, destacando especialmente los alemanes. Uno de ellos, Fritz Lang un exponente de la nueva magia con su accidentada Metrópolis, donde relataba una historia más bien social, con la incorporación de miniaturas y la fantástica idea de parar el tiempo. Bueno, el tiempo lo detuvo Hitler que censuró su película, que es la versión que tenemos hoy. Lang también realizó M, el Vampiro de Dusseldorf, una especie de thriller que no tiene nada de vampiros. El Acorazado de Potemkin, obra rusa de gran magnitud escénica y producción, es significativa al respecto. Sergie Eisenstein aquí nos demuestra que el simple hecho de rodar una cámara en lento, provocaría la tensión y el nerviosismo en el observador, usando ésta, cuando existe la probabilidad de una fatal conclusión. En su Acorazado de Potenkim, lo deja en evidencia durante la masacre en unas escaleras, un coche con su bebé adentro cayendo sinuosamente mientras su madre ve con impotencia a su hijo deslizarse ante tal desastre. El resultado obtenido debe ser la razón por la cual, probablemente, este método se use en la actualidad, casi siempre sin sonido, dejando que la imagen en movimiento nos deje pasmados al asiento. En el circuito iniciativo del cine de los años 20, tendremos varias sorpresas de esta magnitud, aunque no muy conocidas y sólo asociadas a cinéfilos, y es que esta forma de contar historias, era novedosa y, por lo tanto, extraña. Pero no dejemos de extrañarnos puesto que en el breve periodo del 1920 y el 1950, dos guerras estaban latentes entre nosotros, razón para la que inquietud humana de la época, reflejara en el cine los miedos más ocultos y la fantasía como su mejor remedio, maniobrando la realidad a su regalado gusto. El Gabinete de Dr. Caligari, considerada por muchos como el manifiesto del movimiento expresionista, la iluminación y el aspecto de teatro de sombras, el dominio mental del protagonista sobre los demás, refleja el periodo de este cine psicológico en la Alemania de Hitler. En ocasiones, el hombre necesitaba desaparecer, lugar que vino a satisfacer El Hombre Invisible, 1933, de James Whale, cinta que reúne los aspectos más claros en parco explosivo de los efectos especiales con una historia científica sustentada en una rica narrativa fílmica. Whale, años más tarde, realizaría en pleno cine sonoro la pelicula Frankenstein, consolidándose como un estupendo director de ficción.

En la década de los treinta el cine fue muy atractivo,dentro del genero ficción figuran películas tales como: La Isla de Las Almas Perdidas (basada en H.G. Wells), 1932, de Early C. Keaton. Lo Que Vendrá 1936, de William Cameron ; La Amenaza Invisible, 1936 de Lambert Hillyer; El Fin del Mundo, 1930 de Abel Gance, muchos de estos filmes quedaron en el olvido, sin embargo, el director Tod Browning, extraño director de una vida personal prácticamente desconocida, filma en 1931, Drácula con Bela Lugosi, para la Universal, una película prácticamente sin banda sonora. Un año más tarde marcaría un hito del cine con su película Freaks, algo insólito es que el director utilizó personas reales con sus defectos genuinos sin trucos, a excepción de la secuencia en el desenlace; película prohibida por el exceso de realidad repulsiva según sus detractores, tuvo una vida corta. Todas las salas la retiraron de la cartelera. Browning nunca volvió a la Metro, pero sí al cine. En 1936, realiza The Devil Doll, entre otras. T. B. muere misteriosamente en 1962.
La post-guerra llevó a la pantalla grande, muchas cintas de carácter fantástico: los monstruos gigantes, arañas, hormigas, mutaciones como Godzilla etc. Ray Harryhausen, pilar importante a lo que efecto se refiere, trabaja con el director de efectos de King Kong, quien le enseña, los principios del stop motion ( lento proceso que consiste en filmar, sobre una maqueta a escala movimientos de cuadro a cuadro). Harryhausen trabaja en series televisivas, luego conoce a Ray Bradbury en un congreso de ciencia ficción, finalmente, en 1949 se convierte en director de efectos especiales, trabajando en películas como El Monstruo de Tiempos Remotos, 1953, Jasón y Los Argonautas, 1963, La Isla Misteriosa, 1961, donde aparecen sus famosos bichos gigantes, Furia de Titanes, 1980, Ray descubre cómo filmar las proyecciones animadas, superpuestas con actores, logrando un muy buen resultado. Todo este género fue muy popular sobre todo en series televisivas. En ocasiones, el cine nos muestra trucos muy sutiles, pero apoyados sustantivamente en un buen guión. De éstos también hay bastantes. Sin ir más lejos, Psicosis, de Alfred Hitchcock, en la escena de la ducha, apoyándose en la música de Bernard Hermann y en el dramatismo de la actriz Janet Leigh en manos de su asesino, acaparando el terror necesario para electrizar á cualquirera. Acá el director, sin utilizar más que un buen manejo de cámaras entre sombras y luces proyectadas en la pared y cerrando el plano con la sangre en el desagüe, deja en claro el nivel de sencillez en una técnica impecable. La incorporación del technicolor y junto con el sistema Dynamation, creado por Harryhausen como parte del escenario original de los 50, obligó a la industria del cine de la época tener sus propios estudios de efectos y sus propios directores también, tanto en Hollywood como en Europa. Pero en mitad de los sesenta, los departamentos de efectos estaban casi en extinción. Quizá, la sobresaturación provocó que algunos directores desistieran del método. Sin embargo, otros insistieron con empeño por lo demás, el joven entusiasta pero fracasado director Ed Wood Jr., profundo admirador de Orson Welles, utilizó toda clase de peripecias y mecanismos para sus cintas sin lograr la atención ni del público ni de la industria. Películas como Plan 9 del Espacio Exterior, Glen o Glenda, fueron exhibidas en parte como relleno de otros estrenos. Ed Wood director de culto en la actualidad no saboreo la fama en vida y murió alcoholico. Ya en 1968, cuando Stanley Kubrick proyecta la idea de 2001 Una Odisea del Espacio necesitaba un estudio de FX. Casi la mayoría tenía sus puertas cerradas, entonces Kubrick crea el suyo para 2001, film que realza el cine de ficción hasta un sitial de infinitas normas visuales, transportándonos desde tiempos remotos hasta los futuros más lejanos. Discutida película y sujeta a muchas interpretaciones, dejando la evidente grieta crítica del poder y el avance la tecnológico sobre el ser humano.

Sobrepasando los 70, otros directores harán su tanto, David Lynch, por ejemplo, con su Eraser, obra experimental en b/n llegando a ribetes casi surrealistas. David Cronenberg, con Shiver de 1975, llama la atención con sus dos obras más significativas: La Mosca y Almuerzo Desnudo. Steven Spilberg y su Tiburón, George Lucas, nombre que resuena más como director de FX que de cine propiamente tal, consagrado con Star War 1975, en la aventura de un tripulación en el espacio integrada por una princesa, un mercenario, un caballero, un guerrero y dos robots. Historia que para tal desarrollo, necesitaría planetas, naves interestelares, mundos y sociedades inimaginables. Así es como Lucas, excitado por este film, crea Industrial Light & Magic innovando el aspecto del cine, algo nunca hecho, por primera vez se usan computadores para los FX. Su película tendría tal impacto en los espectadores que se convirtió inmediatamente en película de culto. Pero aún más, sobrepaso, los límites de la ficción, llegando a formar parte de una locura de proporciones con miles de fans en todo el globo. Lucas, comandando su nave desde la I.L&M., completó la trilogía con El imperio Contraataca y El Regreso del Jedi. Esta empresa de FX cambia el ritmo de muchos creadores y frente a la demanda, varios la utilizan Ridley Scott, James Cameron, Steven Spilberg, etc. Lucas se dedicó a producir esta maquinaria de luces y magia, fórmula que resultó en los 90 con La Amenaza Fantasma, siguiendo la saga con la misma chuchoca filosófica y su consigna “que la fuerza te acompañe”. Muchos directores insistieron en esta fórmula, algunos con grandes resultados, otros no tanto. Alien, el 8º Pasajero, Et, The Matrix, X-Man, la reciente Spiderman y la fabulosa cinta, El Señor de Los Anillos basada en Tolken, el realizador neocelandéz Peter Jackson, que con un presupuesto relativamente bajo, considerando las superproducciones actuales, nos deleita con el fantástico mundo Tolken, obra que frustradamente quiso realizar Kubrick, teniendo como protagonistas a Los Beatles. Jackson se inició realizando películas de la serie B, una rama del cine que utiliza efectos básicos y caseros. De este cine derivan muchas tendencias, como el Gore, el Hard Core y el Ciallo originado por los italianos de culto Fulci y Argento. El efectismo se ha usado no tan sólo en el cine de ficción, sino que en todas las ramas de la comunicación desde comerciales televisivos, seriales, cortinas de continuidad e internet. Quedan muchas cintas en el hemisferio de la memoria que vale la pena nombrar, tales como: Un Perro Andaluz, Tiempos Modernos,12 Monos, Ciudadano Kane, El Tercer Hombre, Amanecer, la poética Blade Runner, Los siete Samurai, El bebé de Rosmary, El proceso, Brazil, The Horror Picture Show, Hellraiser, El resplandor, Gritos en la noche, el Planeta prohibido, El hombre Lobo, El Planeta de los Simios, las series Star Treck y La Dimensión Desconocida, El ladrón de Bicicletas y tantas otras.
El pintor George Melies (1895). nunca imaginó que tras experimentar con una cámara y la exposición múltiple de miniaturas para lograr un movimiento, se llegaría a lo que es uno de los más fantásticos inventos de hombre. El cine, como tal, es un efecto que evoca emociones entrañables y la gran dimensión de la imaginación junto a la literatura como base estructural de ella. Sí es acertado que estos avances tecnológicos. han aportado significativamente al celuloide, por otra parte, y hasta el momento, parece que los recursos imaginarios se hubie-ran desvanecido con el siglo XX. El excesivo uso de estos recursos dejan un sabor amargo en la retina y al parecer el cine truculento con todos sus defectos especiales, no fueran más que eso; una idea errónea de concebir un trozo de fantasía. Tal vez, el cine es una de las tantas válvulas del escape a nuestra enajenación y es por eso que lo percibimos de tantas distintas maneras, porque en cada film hay un espejo de nuestros anhelos, un pedazo de realidad que nos toca vivir, ya que por lo demás y sin duda entre la fantasía y la realidad, hay un mundo de diferencia.

Por Manuel Celis

Anuncios

La Pasión Según Jesús Franco

Para conocer el Paraíso es preciso antes haber conocido el Infierno, y no me refiero al Infierno según Dante, sino al Infierno según Jesús Franco, el cineasta más bizarro de la España franquista, el menospreciado director que marcara el camino de los creadores rupturistas contribuyendo con sus más de doscientos títulos a una síntesis nada despreciable del rumbo del cine español de los últimos decenios del siglo veinte.
Franco lleva el cine clase B a una altura a veces digna, a veces procaz, a veces dulce… siempre al margen de los gustos decimonónicos, aparte de la crítica, siempre demoledora, que lo considera un director “chatarra”, una especie de Ed Wood a la española, pero, lo cual no puede negarse, lleno de pasión por su labor, donde combina sexo y terror, muerte y fantasía, descuidadamente y con un valor artístico cuestionable pero con un mérito indiscutible: la sinceridad. Pues no puede tenerse en menos la pasión de Franco, ya que su posición, rayana en lo “inmoral” a la manera victoriana de entender el término, no transa al momento de llevar a cabo un proyecto fílmico sin darle su toque personal, ya sea en el campo del horror o el erotismo. Marginal en España durante la dictadura de Francisco Franco, filma un par de películas en su suelo natal para abocar sus esfuerzos en proyectos llevados a cabo en Francia y Alemania, tierras más propicias para el cine fantástico y de terror, del erotismo y de la pornografía, género del cual Franco jamás ha dejado de aumentar con títulos como “Las Vampiras” y “Las Diosas del Porno”.
Pero el género que más dio fama a Franco en Europa, continente más abierto a las tendencias no comerciales, está en el horror, que enriqueció con títulos como “El Conde Drácula”, que tuvo en el rol protagónico al mismísimo Christopher Lee, el Conde Drácula por excelencia, o “Killer Barbys”, engendros donde combina el terror y el sexo en las mismas proporciones, sin dejar de lado su afición por lo que llamamos el “sex explotation”, cintas de implicancias sadomasoquista que tienen a hermosas y voluptuosas mujeres en la palestra, a la manera de Dianne Thorne, la blonda equina inspiradora de toda una generación que babeó con las aventuras eróticas de Ilsa, la loba de la SS.
Catalogado como autor peligroso por el Vaticano junto a Luis Buñuel, Jesús Franco arremetió en 1967 con una versión personal de “Necronomicón”, obra esencialmente peligrosa que logró una nominación en el Festival de Berlín y que trajo a su autor un reconocimiento internacional que jamás imaginó. Despreciado por la crítica de su país, que lo ignora al hacer un catastro del cine español, la juventud lo empieza a reconocer como un autor independiente que no tiene pelos en la lengua, una especie de exilado o de marginal que no obedece a los cánones clásicos, que no escatima en rodar pornografía, no al estilo de Joe Damato que pretende una “elegancia sensual” disfrazada, sino de una manera más a su medida: con virilidad, con pasión. Que un director “respetable” se rebaje a filmar pornografía es bastante extraño, por no decir imposible, sobre todo si este director ha dirigido la segunda unidad para “Campanadas de Medianoche” del muy respetable Orson Welles, pero la etiqueta siempre ha de quedarle chica a este madrileño cuya labor es considerada menor y decadente, sólo reconocida fuera de España como cine cult, como una muestra de marginalidad en el medio y desapego a las buenas costumbres.
Como dato curioso cabe mencionar que, desde su primer filme, “Tenemos 18 años”, de 1959, hasta su última producción (¿?) , “Cries in the Nigth”, de 2003, Franco ha utilizado una cantidad sorprendente de alias, entre los que se encuentra, por supuesto, el de David Khune con diferentes variantes, o el de Clifford Brown, en evidente demostración por su afición al jazz, pasando por el suyo propio en clave, el de mujeres y el de actores, este guionista, productor, músico y, por supuesto, director, nacido en Madrid en 1930, ha llegado a filmar hasta seis películas por año, cantidad envidiable y comparable sólo a Stephen King, el rey de la máquina de escribir.
Como ha dicho Jess Franco en más de alguna entrevista: “moriré filmando, guste a quien guste”, ratificando que, a pesar de los terremotos y de los declives del cine europeo de los últimos años, su figura promete larga vida y reconocimiento en un mundo que, ya sea como snobismo, ya sea como interés real, sigue atrayendo por la pasión que sólo el cine clase B tiene y que no posee el mercantilismo yanqui.
Larga vida, pues, y cuerda para rato a Jesús Franco, profeta en tierra de nadie y lejos del Paraíso

Por Bernardo Astudillo


Lente Inmortal

Como ningún otro director de cine contemporáneo, la obra del norteamericano Stanley Kubrick ha superado la barrera del tiempo y del espacio. Su muerte, acaecida el 7 de marzo de 1999, no cierra una etapa en este arte, sino que abre nuevas puertas y nuevas visiones del mundo que nos ha tocado vivir. Maniático, exigente hasta la exasperación, artista creativo, perfeccionista extremo, manipulador de imágenes y de emociones, Kubrick nos ha legado una obra insuperable en crueldad y realismo, desplazando a directores que, como Passolini, buscaban en las imágenes la expresión del arte en la vida, retratando con poesía el morbo cotidiano que la componen.
Si las imágenes golpeadoras de Murnau, con su expresionismo a ultranza en Nosferatu, o aquéllas de Einsentein en Potemkin nos parecieron difícilmente superables, nos basta con ver algunas escenas de The Killer”s kiss, obra primigenia en la filmografía kubriana, para comprender que el futuro en el cine ya tenía un nuevo rostro: el joven neoyorkino del Bronx que, después de vivir en la Inglaterra de post guerra, habría de indicarnos el rumbo a seguir en lo que a cine se refiere.
Kubrick inaugura su obra con Day of the figth, ópera prima, de escaso presupuesto y con actores aficionados, una rareza que, para muchos, es desconocida. Luego filma Dear and Desire, The Killer”s kiss, The Killing y, finalmente, la cinta que lo consagraría como autor polémico, personal y controvertido: Paths of the Glory. A los veintiocho años, Kubrick se abría camino en el difícil mercado cinematográfico, donde no es necesario un mensaje de fondo, sino una trama bien construida y lo suficientemente real como para convencer al espectador. El heroísmo estaba en decadencia, el verdadero valor era la paz, y Kubrick descubrió, como lo hiciera el australiano Peter Weir en su brillante Gallipoli, que la cobardía es una faceta oculta del héroe, o, mejor dicho, del antihéroe. Un Kirk Douglas recio, duro, paseándose por las trincheras francesas de la Primera Guerra Mundial, nos recuerda otro filme imprescindible en la filmografía de Kubrick: Espartaco. El propio Douglas recomendó al director de Paths… para llevar a cabo el proyecto de la Fox y fue así como, casi de improviso, Kubrick se hizo cargo de la filmación de la cinta. En pocas semanas rehízo el guión, lo adaptó, lo llenó de presencia, de mensajes, de pequeñas ironías como juntar, por ejemplo, a Charles Laughton y Laurence Olivier para encarnar a Graco y Craso, enemigos mortales, lo que ya parecía una empresa digna de un creador de su talla. Pero, por presiones de los productores, hubo de prescindir de su esencia un tanto morbosa para entregarnos una cinta épica, pero dejando como trasfondo el mensaje político que la define. El gran mérito que le atribuye Peter Justinov a la película es la de haber logrado uno de los pocos filmes sobre romanos que prescindía de la imagen de Cristo como fondo, y que, lo que resulta paradójico, se exhibe con frecuencia en Semana Santa. La experiencia de Espartaco deja a Kubrick curado de espantos y decide, como lo afirmó en su oportunidad, no someterse a los productores nunca más en su vida. Entonces se embarca en un proyecto espinoso, controvertido, como fue la puesta en escena de la aclamada novela de Vladimir Navokov: Lolita. Un James Manson cuarentón, libidinoso, enamorado de su hijastra, interpretada por la juvenil actriz Sue Lyon, encarna al pedofílico Humbert Humbert de la novela de Navokov, y la crítica lo estigmatiza con epítetos corrosivos: corrupto, pornógrafo, desviado. Sin embargo, la misma crítica que lo ataca por Lolita, lo aclama por su siguiente filme: Dr. Strangelove, cáustico examen al poder militar y político de la Guerra Fría con ribetes de drama futurista, con pinceladas de comedia bufa.
Ya entonces el talento de Kubrick era incuestionable y todo se podía esperar de él.
Corrían los últimos días de los sesenta, el hombre había llegado a la Luna, y la gente miraba al cielo con admiración, donde Rusia y Estados Unidos tenían sus satélites y sus hombres, y Kubrick puso en órbita la no-vela de Arthur C. Klark con efectos especiales que todavía, en la era de los efectos especiales, resultan efectivos. La Odisea del espacio, que habría de ocurrir en el año 2001, nos estremece con los golpes de timbales, telúricos, de Así hablaba Zaratustra, de Richard Strauss, y nos traslada de la Prehistoria al espacio infinito mientras vemos, con mezcla de estupefacción y entusiasmo, cómo el Hombre involuciona a medida que se aproxima al conocimiento de su origen.
La admiración desatada por 2001…, se vería superada por la descarnada Naranja Mecánica, obra personal, violenta, futurista, que a partir de los años ochenta se transformaría en una realidad palpable. La juventud sin perspectivas, regida por un código moral ambiguo, híbrido, con expresiones extranjeras distorsionadas el nadsat-ruso-, tomó el rostro del actor británico Malcolm McDowell para encarnar al perverso Alex, un delincuente obseso, malvado por naturaleza, adicto a la ultraviolencia y a Beethoven, para convertirlo en víctima de una sociedad ansiosa de reivindicar al hombre en su bondad primitiva a través de una droga que lo sometía a la bondad obligada, lo cual, tarde o temprano, haría del victimario una víctima y al poder político en una fábrica de títeres humanos.
Jugador de ajedrez, Kubrick admira al genio estratega, y, como en toda disciplina, la estrategia tiene como héroe al más grande de todos los tiempos, y así nace Waterloo, proyecto moroso que se ve anticipado por La Batalla de Waterloo, película menor y sin trascendencia que echa por tierra la ambición de filmar la batalla final y definitiva del genio militar por antonomasia: Napoleón.
La novela de William M. Thackeray sirve como argumento para la nueva creación de Kubrick: Barry Lyndon. Extensa, trabajada en la iluminación, bellamente musicalizada, vaporosa, con actuaciones sólidas, no tiene, sin embargo, la suficiente llegada en el público, y la fama de este norteamericano de aspecto británico decae.
Después de un receso prolongado nos entrega una obra maestra del terror gótico con claves modernas: The shining. Basada en la novela del entonces desconocido Stephen King, The shining devuelve a Kubrick al primer plano, y su obra renace de las cenizas. La juventud de fines de los setenta aplaude y valora su filmografía, y convierte a 2001… y La Naranja Mecánica en películas de culto.
Vietnam, con sus traumas humanos y políticos, ya había dado abundante material en el cine: Ford Coppola nos había desgarrado con la mejor versión de esa guerra inútil en Apocalipsys Now, y Michael Cimino, sin quedarse atrás, puso a Robert de Niro detrás de un fusil en El francotirador. Pero faltaba la palabra definitiva: Kubrick. Si bien es cierto que The full metal jacket es una cinta impecable, no consigue seducir. Filmada en una fábrica abandonada de Londres, la recreación de una ciudad devastada por la guerra convence y aterra. Quizás lo más logrado se reduzca a las escenas iniciales, donde un rudo sargento adiestra a un grupo de muchachos para matar y sobrevivir. Paradójicamente, el instructor es asesinado por uno de estos mismo muchachos que han nacido para matar. A partir de este momento, el relato sufre una ruptura evidente, y el espectador se pregunta cómo, de repente, estos soldados prefabricados se encuentran metidos de narices en la guerra, matando y muriendo, sin razones aparentes.
A los setenta años Kubrick concluye la filmación de Eyes wide shut, una cinta sobre las relaciones humanas, sobre una sociedad que busca el placer en el consumo, y una pareja normal, exitosa, interpretados por Nicole Kidman y Tom Cruise, enfrentada al engaño y la infide-lidad, tema que no concluye en forma definitiva, pues la muerte no le permite editarla.
Dentro de la obra fílmica de Kubrick, tal vez sea la cinta menos trabajada en el aspecto estético, pero que ahonda de manera cruda en la esencia humana en su morbo cotidiano, en el instinto primigenio de la cacería amorosa que conlleva la condena y la tragedia.
Un poco después de concluir la filmación de Eyes wide shut, Kubrick muere. Su obra, en apariencia, está terminada. Abordando temas disímiles, creando polémica, Kubrick estaba elaborando un proyecto futurista, un cuento de hadas, una versión cibernética de Pinocho, que no llegó a concretar. Steven Spielberg, amo y señor de los efectos especiales, era el elegido para llevar a cabo la empresa del brillante director, y así nació I.A. (Inteligencia artificial), pero sin conseguir la genialidad de éste.
Con la muerte de Kubrick el cine no desaparece. Como cualquier otra disciplina del arte, el cine sigue creando buenas y malas obras, entreteniendo o aburriendo, abriendo o cerrando puertas. Después de Kubrick, vienen otros directores, unos geniales y otros mediocres; unos con destellos de estrellas fugaces y otros con luz imperecedera, pero sin lograr la claridad de faro que tenía este genio por excelencia, el talento innato para la imagen, el fotógrafo que sabía de luces y sombras, el hombre que sometía y torturaba a sus actores para obtener un gesto, una mirada, una expresión verdadera; un genio que desde los tiempos de Orson Welles no se daba.
Kubrick ha muerto. ¡Viva Kubrick!

Por Bernardo Astudillo