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Alberto Rojas Jimenez, Habitante de la Noche

Vida


Neruda arriba a la ciudad de Santiago un día de marzo de 1921. Recién llegado, arrienda una minúscula habitación en una pensión de la calle Maruri, al otro lado del río, cercana a la Av. Independencia. La sucia callejuela se hará célebre con el tiempo. El joven ve lo que nadie. Los hermosos atardeceres que descienden sobre los sucios tejados, y los inmortaliza en el capítulo “Los Crepúsculos de Maruri” de su primer libro,“Crepusculario”. Describe ese ambiente de juventud, el Santiago de sus años de estudiante, como un lugar “donde los trajes de 1921 pululaban en un olor atroz a gas, café y ladrillos”.
Pronto traba amistad con los que serán sus compañeros de generación, la mayoría estudiantes del Pedagógico, ubicado en Cumming, al que acude Neruda. Varios de estos estudiantes y poetas publican sus primeros versos en una revista de reciente creación: “Claridad”.
La revista era un vehículo de las nuevas tendencias y había conseguido un rápido prestigio. Neruda ya la conocía en Temuco, desde donde era el corresponsal y donde vendía algunos ejemplares entre sus compañeros de colegio.
En su corto año de vida, Claridad se había convertido en la voz de la Federación de Estudiantes, y le correspondió un papel de importancia vital en la juventud anarquista de la época.
En 1920, la revista denunciaba una masacre de obreros en Magallanes, y levantaba su dedo acusador contra los culpables de la operación, el comandante Barceló y el gobernador Bulnes. El gobierno responde protegiendo y alentando una turba de jóvenes de sociedad, la que asalta y destruye la Federación de Estudiantes y la revista Numen. No deja de llamar la atención que entre la “canalla dorada”, se encontrara el beatificado padre Hurtado.
Los días son de una violenta agitación política. Arturo Alessandri Palma hipnotiza al pueblo con los acordes del “Cielito lindo”, dispuesto a convertirse en el primer mandatario de la clase media.
Por esa misma época, muere, debido a las torturas, el poeta José Domingo Gómez Rojas, no sin antes anunciar que llegará el día “de la gran libertad sobre la tierra grande”.
El desdichado mártir escribía sus versos en Claridad, al igual que Humberto Díaz Casanueva, Romeo Murga, Armando Ulloa, Rosamel del Valle, Roberto Mezza Fuentes (el ratón agudo), Joaquín Cifuentes Sepúlveda, Eusebio Ibar, Rubén Azocar, además de los anarquistas Manuel Rojas y González Vera, a los que se une militando política y literariamente Pablo Neruda.
El fundador y director del valiente medio era el poeta Alberto Rojas Jiménez. Inspiración y alma del grupo de estudiantes y poetas, al que la historia literaria de nuestro país ha denominado como “generación del veinte”.
La mayoría de ellos nacidos entre 1900 y 1904. Lecturas compartidas, experiencias similares, el diario vivir y especialmente el hecho de ser estudiantes de la misma escuela, los convirtieron en una sociedad hermética sin comparación en nuestras letras.
Neruda se convertirá en la máxima expresión de ese movimiento. Pero el núcleo, el corazón y el alma de esa generación brillante estuvo encarnado en la personalidad maravillosa de Alberto Rojas Jiménez.
Rojas Jiménez es una figura sorprendente dentro de nuestras letras, poseedor de un genio dilapidado en los bares, un entendimiento inmediato de todos los conflictos del ser humano, era dueño de un dandismo desenfadado, una forma de soberbia autoestima y simpatía.
Según su propio testimonio, habría nacido el 21 de junio de 1900, en mitad de la bahía de Valparaíso, a bordo de un buque estacionado en el puerto. (El poeta atribuye a esta curiosa forma de nacer el gusto por los viajes y la aventura)
Su infancia transcurre en Quillota, “un pueblito-explica-de casas blancas como queso de cabra”. Sus estudios los realiza en liceos de provincia y en el internado Barros Arana en Santiago. Asiste a un curso en la escuela de Bellas Artes, pero lo abandona al poco tiempo. No está de acuerdo con los métodos; critica la lentitud de la enseñanza y tilda a los profesores de “pedantes” y “latosos”.
Es entonces cuando decide dedicarse por completo a la poesía, y publica sus primeros versos en la revista Zig-Zag.
Su posición ante la vida no tenía ninguna fijeza, y el porvenir le importaba un carajo. No sentía vocación por nada, sólo la poesía lo llamaba poderosamente desde su alma.

En 1920 funda Claridad, publicación que aparece hasta 1926, con algunas intermitencias.
Es allí donde publica un documento muy raro “El manifiesto Agú”, que el mismo poeta explica como el primer verso del recién nacido, la libertad total en la poesía.
Algunos sostienen que tan solo sería un eco del manifiesto “Dadá”, publicado un tiempo antes por Tristan Tzara en París, y que vendría a ser lo mismo, el grito primario de una guagua. Eso sí, francesa.
En Claridad también se encuentra una de sus escasas manifestaciones políticas. Un llamado al tercer aniversario de la revolución “Maximalista” (como se decía en esos años), y que se celebraría en el bar “Teutonia”, convocatoria que más bien parece una excusa, un motivo para ejercer el deporte nacional, es decir, “empinar el codo”; porque uno de los vicios que unió a esta generación de locos (además de la literatura), fue la pasión excesiva, el culto dionisíaco, la alegría avasalladora que terminó con las vidas de varios de ellos.
Se les podía ver por las tardes (ya que eran poetas románticos), paseando por Bandera y San Pablo.
Ese era el escenario frecuentado por la generación más bohemia en nuestras letras. Las picadas y bares que rodeaban al barrio Mapocho, y por supuesto, el mago de las tertulias, el que hacía brotar la belleza, iluminando con su presencia: era Rojas Jiménez.
Admirado por sus colegas, imponía pequeñas modas entre sus pares. La forma de fumar, la caligrafía (Neruda heredó de su amigo la letra tan particular y bella), el aire desenfadado, melancólico, y por cierto, la forma de vestir. El poeta usaba una discreta melena, patillas bien recortadas de prócer, vestía usualmente de negro y lucía un sombrero cordobés de ala ancha y capa. (En una época en que Rodolfo Valentino causa furor en Hollywood).
Sus compañeros lo recuerdan de estatura mediana, delgado y apuesto, de una elegancia que contrastaba con su miseria.
Lo perseguía, además, el prestigio de haberse fugado muy joven con una muchacha, Solnei.
Rojas Jiménez relata su hazaña con estas palabras: “Solnei alegró con su gracia, dos años de mi vida. Enlazó su suerte a la mía, y alternativamente fueron suyas mi riqueza y mi miseria. Juntos estuvimos bajo distintos cielos y en muchos pueblos quedó algo de lo nuestro”.
A esta muchacha dedica su primer libro, titulado homónimamente y que circuló mimeografiado, de mano en mano. Hoy es inencontrable y forma parte de la leyenda del poeta.
En algunas ocasiones, Rojas Jiménez terminaba las noches de farra en la cárcel. Desde ahí enviaba papelitos, breves mensajes pidiendo dinero, abrigo y libertad. Otras veces desaparecía de la ciudad. Viajaba por diferentes lugares del país, alegrando por un par de días a los sorprendidos habitantes.
Nunca se alejaba de esos lugares sin antes dejar algo de sí. Con su mejor sonrisa se despedía despojándose de la corbata, chaqueta, incluso de sus zapatos, que regalaba en un gesto de cordial amistad.
Pronto volvía a la capital y se sumergía en el torbellino de las noches. Nunca faltaba el motivo para la fiesta, una despedida, un premio obtenido por alguien, un recibimientó.
Los bares y picadas del grupo son tema para un artículo aparte. Entre los lugares frecuentados estaban el restaurante “Hércules”, de San Pablo, del que Rojas Jiménez era cliente preferido por su gracia; “La Ñata Inés”, “el Zum Rhein”, “El Jote”, el cabaret “Zeppellín”, el “club Alemán” de Esmeralda y el de San Pablo.
La alegría nocturna estaba plagada de seres extraños. Uno de ellos era el cadáver Valdivia, músico de la sinfónica y poeta. Misterioso personaje que deambulaba de bar en bar, con un extraño bulto envuelto en papel de diarios, donde, se comentaba, escondía la jeringa de su vicio.
La existencia era difícil y estaba llena de obstáculos. La tarea diaria de sobrevivir se convertía en una aventura constante, sobre todo para un grupo que despreciaba el trabajo común. En tales circunstancias, el ingenio se agudiza, y no faltan las ideas para comer y beber. El mismo Rojas Jiménez se dedica a vender avisos para Claridad, otros venden sus propios libros, algunos pasan horas sentados en algun restaurante, sin pedir nada, comiendo el pan untado con el ají de las alcuzas.
La tradición relata que un día el pintor Diego Muñoz, acompañado de Rojas Jiménez, acuerdan con el dueño del cabaret “Zeppelín” la decoración de uno de los muros. El trato queda sellado y los amigos ponen manos a la obra. Los diarios publicitan la obra como uno de los primeros murales pintado en Chile.
El pago queda convenido: diez mil pesos que serán cancelados, la mitad en dinero y la parte restante en cervezas. Varios meses demoraron los amigos en tomar los centenares de litros, y solidariamente hicieron extensiva la fiesta a sus numerosos compañeros. Pablo Neruda, el pintor Isaías Cabezón, Julio Ortiz de Zárate, Tomás Lago y Lalo Paschin fueron algunos de los que gozaron del crédito en cervezas.

Pasión

Hacia 1923, los artistas chilenos tenían un norte fijo, un poderoso llamado de ultramar. El sueño de viajar a París, la meca de la cultura en el mundo.
Para los poetas, la vida en Chile es amarga. Neruda escribe: “Aquí entre estos burgueses de aldea descansada / donde un poeta es casi lo mismo que un ladrón… / Yo que llevé mis versos como un dolor de muelas / que todas estas gentes trataban de curar…”.
Rojas Jiménez también sueña con llegar a la Ciudad Luz. La situación es insoportable para el poeta porteño. Asfixiado en la mediocridad del ambiente, transita al borde de la sociedad, que es la única forma de sobrevivencia para un poeta. En un país donde no es casualidad que las cumbres de sus letras se autoexilien: Gabriela Mistral, Neruda, Huidobro.
Íntimamente decide, para sobrevivir, vivir en París.
Y la oportunidad se presenta por causa del azar, que es buena amiga de los poetas.
El pintor Abelardo (Paschin) Bustamante obtiene una beca del consejo de Bellas Artes, junto a un pasaje en primera clase para estudiar las nuevas tendencias pictóricas en París. Rojas Jiménez, enterado de la noticia, despliega toda su simpatía, y de mil maneras suplica, que al fin convence a Paschin de cambiar el pasaje en primera clase, por dos de tercera.
Aquí se desarrolla uno de los episodios más recordados en la mitología de Rojas Jiménez.
Una festiva caravana de artistas se dirige a Valparaíso para despedir al pintor y al poeta. No faltaron los inseparables amigos de Claridad, Neruda entre ellos. El poeta porteño Zoilo Escobar les procura alojamiento. Rojas Jiménez, conocedor de la noche porteña, adentra al grupo en sus secretos.
En la mañana del día siguiente, los trasnochados encaminan sus pasos a la gobernación del puerto.
Pero aún queda un obstáculo, quizás el más difícil. Convencer al gobernador del disparatado trueque.
El empleado escucha asombrado la insólita petición, y su negativa es rotunda. Rojas Jiménez realiza entonces un acto que hizo escuela entre sus pares. De un salto alcanza el amplio ventanal que mira desde el segundo piso hacia la plaza Sotomayor, y amenaza con saltar si el flemático burócrata no cambia en el instante los pasajes.
Como es de esperar, los amigos se embarcan con destino a Europa.

La primera noche en París, los amigos comen una frugal cena compuesta de sardinas, lo único que entienden del menú.
Paschin enferma de gripe, y el inquieto Rojas Jiménez decide recorrer la ciudad en plena noche, y sin conocer palabra del idioma.
Al poco tiempo, el poeta se instala en el barrio bohemio de Montparnasse. Solucionados sus problemas más urgentes, se dedica a escribir artículos de prensa para diferentes medios en Chile.
Escribe sobre las exposiciones independientes. Cada año el poeta asiste a estas muestras de arte vanguardista, condensando acertadamente sus impresiones sobre las nuevas tendencias.
La importancia de estas exposiciones en la historia de la pintura son invaluables. Aquí muestran sus obras, por ejemplo, Picasso, Matisse, Braque, Juan Gris.
Además el poeta escribe sabrosas crónicas sobre la vida en París. Dedica artículos a sus colegas artistas, escritores y pintores chilenos con algún éxito. Se burla de los ricos compatriotas de paso en la ciudad, caricaturizándolos con un fino humor. Allí están diplomáticos holgazanes y despilfarradores, galancetes de provincia, improvisados mundanos de pueblo. Toda una fauna de latinoamericanos encandilados por la Ciudad de las Luces. Los trasplantados de Blest Gana.
Escribe un artículo sobre su compatriota Vicente Huidobro, llamándolo Vincent Huidobro, poeta francés, nacido en Santiago de Chile.
Estas crónicas se publican en el Mercurio y La Nación, y serán recogidas algunos años más tarde en un pequeño libro,“Chilenos en París”. Este será el único libro publicado por el poeta.
Rojas Jiménez pasea su figura extravagante por las calles de Montparnasse. Se convierte en conocido de todos, entra a los bares y es saludado por los rusos blancos, exiliados de la Revolución, que lo confunden con uno de ellos, quizás por su melancólica palidez.
Un día, sentado en una mesita del café “La Rotonde”, observa intrigado a un viejo que dobla calmadamente una servilleta. Se acerca al anciano, que no es otro que don Miguel de Unamuno, el cual le pregunta.
-¿Es usted griego?
– No, don Miguel, soy chileno –
responde Rojas Jiménez.
– Es curioso, tiene usted el tipo griego – agrega Unamuno.
El maestro se sumerge en recuerdos sobre amigos chilenos, dice haber leído un libro muy malo, “Raza Chilena”, del doctor Palacios, y uno que le fascina, una traducción de Esquilo, realizada por el presbítero Medina.
Mientras conversa animadamente, sigue doblando el papelito entre sus dedos, al cabo de un rato se detiene y regala a nuestro poeta un pajarito de papel.
– Tome, para que me recuerde – le dice Unamuno
– Lo recordaré más si me enseña a fabricarlas –
responde Rojas Jiménez. Durante una hora, los dos poetas se entretienen fabricando pajaritas de papel, sentados en el mítico café “la Rotonde”, el café preferido por Lenin, Diego Rivera, Modigliani, Max Jacob, entre otros personajes.
Pero no toda su estancia en París es fácil; hay días oscuros, de pobreza y hambre.
El poeta recorre las ferias y se dedica a tirar aros a botellas de champagne, que luego cambia por leña, asegurando el combustible para la chimenea y para él.
A veces camina solitario por Montparnasse, tirando una botella con un cordelito, como si fuera un perro.
Tiene una vecina, Clauddette, con la que se reúne en los días de invierno. El frío es intenso y la pareja arroja libros a la chimenea. Según Rojas Jiménez, los más incendiarios son “veinte poemas de amor y una canción desesperada”, libro recién aparecido en Chile.
Pero la historia más insólita aparece en todos los diarios de la ciudad. Se informa que un estudiante latinoamericano ha profanado el cadáver del recién fallecido Anatole France.
El maestro de la sátira social muere en 1924, rodeado de la admiración de sus conciudadanos y convertido en una gloria nacional. La élite de las letras francesas se da cita en el lugar del sepelio. De improviso, un desconocido se abre paso entre la multitud, avanza ceremonioso hasta el ataúd abierto y tomando la nariz del muerto, la remece con fuerza exclamando.
-¡Ah, viejo pillo!
Rojas Jiménez es sacado en andas por la policía en medio de la indignación general.
Existió durante esos años una compañera, una mujer llamada Micky, que compartió sus pasos en Francia, y de la que se cree tuvo un hijo, Serge. El recuerdo de estos dos seres lo obsesionará en sus últimos años.
Obligado a abandonar el amado París, después de respirar el aire puro de la libertad que se vive en Francia, y con un cargamento de historias para contar en el odiado, añorado y temido Chile, el poeta emprende el regreso.

Vuelve a ser un extranjero en su tierra, a pesar de estar íntimamente atraído por ella.
Es el año 1928, después de cinco años en Europa, vuelve a sus amigos, a sus barrios, a su ciudad. Pero ahora con una acentuada melancolía, una tristeza que arrastra como una carga de desánimo y pesimismo.
Su estado de ánimo se resiente aún más. Sus amigos, sus compañeros de correrías y de juventud están muertos; Romeo Murga, Joaquín Cifuentes y Aliro Oyarzún, se hunden en la noche eterna, arrebatados por el vino y la bohemia desenfrenada.
Rojas Jiménez se encierra en una pesadumbre y desazón profunda, se vuelve un noctámbulo impenitente, pasa sus noches de bar en bar. Una de ellas, acompañado de Neruda; alegre, como en sus viejos tiempos, derrochando su gracia a raudales, olvidado de su melancolía, disfruta de la amistad de sus amigos. Un hombre lo observa atentamente desde otra mesa. El curioso personaje se acerca entonces al grupo de poetas, y se dirige a Rojas Jiménez.
– Lo he estado observando, nunca he conocido una persona con su gracia, y le quiero pedir un favor.
-Diga usted- responde el poeta.
– Me gustaría saltarlo – añade el extraño.
-¡Cómo! ¿Es usted tan poderoso que me cree poder saltar aquí, ahora?- se sorprende Rojas Jiménez.
-No, señor, quiero saltarlo después, cuando usted esté tranquilo en su ataúd. He saltado a muchas personas en mi vida y llevo una lista de todos ellos- explica el hombre.
Rojas Jiménez, entusiasmado con la loca idea, acepta gustoso.
El misterioso personaje se despide entonces, y los amigos vuelven a su animada conversación, olvidándose del extraño.

El poeta escribe cada vez menos, sus poemas dispersos desean el papel. Pero él vive sus días con desprecio, en un desorden caótico. Su poesía es hermosa, sus versos sencillos, emparentados con los de su hermano Neruda. Existe un poema varias veces antologado, “Pequeñas palabras”. Es una joyita de sencillez, de poesía clara y pura. Cito un par de versos:

“Las cosas que tú dices
no tienen importancia.

Tus palabras
son débiles, pequeñas…
Sin embargo yo amo tus palabras.

En tu fragilidad hay tanto de ti
que en ellas no es necesario
un hondo sentido, para llenarme de gracia”.

Continúa viajando, recorriendo el país, dictando conferencias. Cercado por la soledad, el poeta desempeña pequeños y odiados trabajos. Vuelve a Valparaíso, a su cuna, pasa un tiempo en el puerto. Escribe desde ahí sobre su poesía, en algunas cartas a una amiga: “Cuánto verso de amor cantado en vano, éste es un montón de mariposas muertas, bien muertas, bien requetemuertas…”. La desesperanza mortuoria, la tristeza infinita.
Viaja nuevamente por el sur de Chile. Recorre algunos pueblos dictando conferencias. Aún no lo abandona su sentido del humor, ni el ingenio. Realiza una conferencia donde explica, a unos sorprendidos huasos, la revolución estética de Picasso.
Llega a Valdivia, allí es contratado en la universidad para una conferencia. El poeta aparece con una hora de retraso, acompañado de un marino borracho. Al ver la botella de agua sobre la mesa, increpa al decano pidiendo una botella de vino.
Se le asigna una columna llamada “Caleidoscopio”, en el diario “La República”. A duras penas escribe sus artículos; él prefiere la tranquila noche fluvial.
Se entera, una noche lluviosa, de una historia conmovedora. Un colega periodista le relata la historia de un asesino responsable de la muerte de toda una familia. Descubierto, fue rápidamente sometido a juicio y fusilado. Pero el rumor asegura que el verdadero asesino es el hermano menor del fusilado, al que éste quizo salvar. Se sacrifica por el hermano, ya que éste tiene esposa e hijos, en cambio él ya tiene otras acusaciones y es un hombre solo. Este hecho lo convierte en un mártir, un santo al que se le atribuyen milagros, y el pueblo le construye una animita
El poeta, impresionado, exige ser llevado hasta el lugar en plena noche, desde donde se lleva un pedazo de vela como amuleto.
En enero de 1934 intenta salir del país para pelear en la guerra del Chaco, pero se queda en Antofagasta hasta febrero, invitado por el poeta Andrés Sabella.

Realiza una última visita a Quillota, su pueblo de la niñez. Lo recibe su amigo, el poeta y médico, dr. Alejandro Vásquez. El poeta hace una entrada digna de su genio, llega en la ambulancia del pueblo y luciendo su cabeza pelada. Explica que perdió su melena de poeta en una apuesta contra un peluquero, en un bar del pueblo de “La Calera”.
Más melancólico y triste que de costumbre, premonitoriamente quizás, el poeta entrega sus tesoros al dr. Vásquez: Una fotografía de Micky, su compañera francesa, y de su hijo Serge. Una vieja fotografía que lo había acompañado durante años, haciendo más doloroso el recuerdo de su querido hijo, y de su madre. Además, entrega a la custodia de su amigo varios capítulos de su novela “Africa”, que nunca se publicó.

Muerte


Las primeras lluvias de ese año azotaban la ciudad con inclemencia y furia desatada. Aquella noche de abril de 1934, los noctámbulos de Santiago se cobijaban en los diferentes bares y tabernas de la ciudad. La noche avanzaba silenciosa y enlutada sobre los escasos transeúntes.
En un restaurante de Bandera con San Pablo se celebra un premio obtenido por el pintor Abelardo Bustamante (Paschin), el antiguo compañero de Rojas Jiménez.
La noche es de alegre camaradería, llena de recuerdos y anécdotas. Nada hace presagiar la tragedia que se cierne sobre uno de los comensales.
El vino, la comida y el tabaco los mantienen hasta altas horas. El primero en retirarse es el pintor homenajeado, seguido por Gérman Montero. En la mesa quedan el periodista Roco del Campo (sus amigos le llaman Roco del Cántaro), y el poeta Alberto Rojas Jiménez, los más insaciables seguidores de Baco.
Provistos de algún dinero dejado por sus amigos para continuar la noche, la pareja de escritores encamina sus pasos hacia la posada del Corregidor, antiguo edificio ubicado en la plazoleta del corregidor Zañartu, en Esmeralda con Mc-Iver.
En este lugar se realizan veladas de poesía y conversación, que duran hasta la madrugada.
Mientras afuera la lluvia barniza las calles, al interior de la posada los amigos continúan la fiesta. La noche avanza rápido, y el dinero se agota. A pesar de lo cual, continúan con el consumo.
Rojas Jiménez espera salir del lío apelando a su gracia; algo se le ocurrirá. Escribirá unos versos en una servilleta, un dibujo que dará como pago del consumo; como si fueran una joya preciosa, fabricará una de las pajaritas de papel que le enseñara Unamuno y saldrá limpio como siempre le ocurría.
Pero su estrella no aparecerá esa noche.
Al ser requerido el consumo, el poeta despliega su abanico de trucos, su gracia y simpatía, sin ningún resultado. Son obligados por los mozos a despojarse de sus chaquetas y chalecos.
Arrojados a la calle, enfrentados al aguacero, en mangas de camisa, el poeta y Roco del Campo caminan durante una hora. Saltando bajo la intensa lluvia, se dirigen hasta la casa de la hermana del poeta, en Avenida Ecuador, al interior de la Quinta Normal.
Allí son auxiliados prontamente por Rosita, la hermana del poeta.
Rojas Jiménez es cubierto de frazadas, en un intento por frenar la fiebre que lo consume.
El día 22 de mayo, menos de veinticuatro horas desde su arribo a la Quinta Normal, muere de una broncopulmonía fulminante; su salud quebrantada no soporta la travesía bajo la lluvia.

Existe un testimonio de su última noche en la tierra. Mientras se velaba su alma, y el viento atronaba el espacio iluminándolo violentamente cada cierto tiempo, un desconocido se recorta bajo el marco de la puerta, vestido de riguroso luto. El misterioso visitante pasea su mirada sobre los enmudecidos presentes y la deposita sobre el ataúd. Acto seguido, tomando un pequeño impulso, y en una pirueta circense, salta sobre el féretro. Y sin decir palabra, con una pequeña inclinación a modo de venia, desaparece en la boca de lobo que es esa noche.
La noticia de la muerte del poeta se esparce con rapidez. Al día siguiente el sepelio enfila hacia el Cementerio General bajo la tormenta. Al pasar por la calle Bandera, se unen los mozos del restaurante “Hércules”, en el que había pasado muchas noches el poeta muerto. La procesión cruza el puente sobre el desordenado y furioso cauce del Mapocho. El cortejo sigue hacia Avenida La Paz. Vicente Huidobro, elegantemente vestido y llorando, protege bajo su paraguas al infortunado Antonio Roco del Campo, que camina cabizbajo, abrigado con un chal de la hermana de Rojas Jiménez.
Por fin llegan hasta la morada final del poeta. Tomás Lago da el discurso de despedida.
El mismo cielo, con su furia líquida, parece llorar al hijo perdido.
Los amigos más cercanos al difunto pasan al “Quitapenas”. Vacían sus copas varias veces en recuerdo al poeta. Desde allí escriben algunos, contando la muerte de Rojas Jiménez a Neruda, quien se encuentra en España.
El poeta llora la pérdida del viejo amigo, el personaje más admirado de su juventud.
Se une entonces al pintor Isaías Cabezón, juntos se encaminan a la basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Provistos de unos cirios tan altos como personas, los amigos rinden un último homenaje al poeta perdido. Después van a beber unos vinos verdes, y recuerdan al querido poeta hasta el amanecer.
Neruda envía desde España su conmovedora elegía “Alberto Rojas Jiménez viene volando”, estremecedor poema al hermano muerto.
Años después, bautiza la taberna de su casa en Isla Negra como Alberto Rojas Jiménez. Seguirá recordándolo hasta los últimos días de su vida.
Desde 1940, una calle lleva el nombre del poeta trágico. Una corta calle que se ubica en Vicuña Mackenna, casi esquina con Santa Isabel.

Por Marcelo Escobar


Romeo Murga y la Generación del 20

El poeta que aparece junto a Neruda, en la sórdida pieza que vemos en la fotografía, es Romeo Murga, el poeta adolescente. Esa miserable pieza, representa el mundo de los poetas de la generación literaria de 1920, ahí están dos de aquellos jóvenes poetas de ese tiempo, las dos caras de una época única en la poesía chilena. Neruda, la cumbre de esos escritores y Romeo Murga, el poeta arrebatado demasiado temprano, dejando una obra escasa y que se anunciaba como una de las mejores de esa generación.
Al ver esta imagen, que nos parece tan lejana, no podemos dejar de preguntarnos si esa miserable pieza es la de Maruri, la pensión de pobre inmortalizada en Crepusculario, la del “maravilloso crepúsculo de cobré”, o la pobre habitación de García Reyes, cercana a la escuela de pedagogía en Cumming esquina Alameda y donde los poetas estudiaban francés, para poder leer directamente a Baudelaire y Rimbaud, maestros y guías de los poetas de esos años. Porque en esos años la influencia de la poesía española era nula, y el francés aun no era desplazado como el idioma de los poetas, que admiraban y parecían querer vivir como los inmortales maestros de la poesía francesa.
Romeo Murga había nacido en 1904, en Copiapó. En 1920 realiza el viaje bautismal de los adolescentes provincianos a Santiago. Viene a convertirse en maestro y se inscribe en la escuela de pedagogía, lugar en que se estaba gestando la generación de recambio en la poesía de nuestro país. Ahí conoce los espíritus cercanos, los inolvidables amigos y compañeros junto a los cuales dejaría una huella imborrable en la historia literaria de chile: Pablo Neruda, Armando Ulloa, Rubén Azocar, Eusebio Ibar, Víctor Barbieris, Yolando Pino Saavedra y varios más. Pronto se revela dueño de una sensibilidad poética singular y hermosa. Sus versos contenidos y dignos, su poesía solemne y medida eran el reflejo de su propia melancolía. “Alto, excesivamente delgado, de rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente, preocupado de algo que no era de este mundo”, así lo describe el escritor González Vera. Pero todo contrastaba con la desbordante pasión que sugería veladamente en su poesía, la lucha entre sensualidad y castidad, una característica del poeta Paúl Verlaine, y que Murga tomaba adaptándola a su poética. Era ligeramente triste, callado y melancólico, imagen que corresponde, convencionalmente por cierto, a lo que debía de ser un poeta.
Eran los años de algarabía estudiantil, de huelgas y discusiones políticas, de la mítica revista Claridad, fundada por el también legendario Alberto Rojas Jiménez. También era el tiempo en que la bohemia se vivía cada día y cada noche en el Zum Rheim, en el Hércules, en la Ñata Inés, y en muchos bares y tabernas que ya entraron en la historia literaria de Chile y que son parte importante para comprender el modo en que inventaron una generación marcada por la amistad y la muerte, ligada íntimamente a la noche y los excesos. Los personajes que transitaron por ese camino, los artistas, músicos y escritores que vivieron esos años, hoy son un referente obligado para entender la forma en que crearon una literatura que hizo escuela, y en la que Romeo Murga fue uno de los principales actores, cumpliendo un papel desgraciado, junto a los jóvenes artistas que quedaron en el camino, abatidos por la enfermedad y la locura.
Muy pronto Romeo Murga comienza a escribir en las revistas de la época, particularmente en “Claridad”, donde participaban casi la mayoría de sus amigos. Traducciones, crítica, poesía. Por las noches, bohemia y fraternidad, junto a esa generación consumida en las pensiones y dilapidada en los bares. Pero algunos poetas llevan estampada en la frente la palabra mala suerte, con caracteres invisibles, y varios de ellos fueron silenciados por el alcohol y la miseria.
“Amar, leer, escribir” estas eran las palabras con que suplían sus escasos y frágiles momentos de alegría, sabiendo que no podían pedir más, solo entregar su profunda sensibilidad.
“Mis alegrías nunca las sabrás hermanita, y mi dolor es ese, no te las puedo dar: vinieron como pájaros a posarse en mi vida, una palabra dura las haría volar”, escribe Neruda en esa época.
En 1923 Romeo Murga consigue el primer premio en la fiesta de la primavera, por su “poema de fiesta”. Un triunfo en sus últimos años de estudiante y en el comienzo de su labor como profesor en el liceo de Quillota, su vuelta a la provincia.
El profesor poeta enferma de tuberculosis (enfermedad que se había convertido en el flagelo clásico de los poetas) mientras era profesor en el liceo de Quillota.
Obligado por la enfermedad debe abandonar el puesto y busca mejores aires en el apacible pueblito de San Bernardo. Se instala junto a su madre y su hermana, que le demuestran verdadera devoción y lo cuidan con esmero, además siempre creyeron que era realmente un espíritu cercano a la poesía, un caso bastante raro en las letras chilenas.
San Bernardo a estas alturas tiene una innegable connotación literaria, unos años antes de la llegada de Murga, se había instalado una colonia tolstoiana, liderada por Manuel Magallanes Moure, y el escritor Baldomero Lillo había llegado a morir entre su gente.
“Mi madre esta diciendo que me muero de fiebre / no es verdad, hoy he viajado por ciudades remotas / quizás dentro de poco mi espíritu se quiebre / por este mar donde llevo mis alas rotas” Así escribe el poeta durante su convalecencia, estremece oírlo hablar así en su enfermedad, en sus ultimas fuerzas recuerda al “albatros” de Baudelaire, espejo de los poetas que quieren abandonar un mundo donde no tienen cabida.
El poeta adolescente está muriendo, y su poesía sigue siendo el mismo canto esencial que revolucionaron la poesía moderna, los temas eternos: El amor, los celos, la muerte, que tomara de la poesía maldita de Baudelaire y Rimbaud.
La hermana relata sus últimos momentos, nos cuenta que espero tranquilo el fin, dicto sus últimos versos y aceptó una muerte que no quería, pero que finalmente vendría a poner fin a su desgracia. Una muerte digna de un poeta, de un ser que apareció silencioso entre su generación, iluminando por un breve instante con la lámpara de sus versos las vidas de aquellos jóvenes marcados por el infortunio y la tristeza. Romeo Murga aun no cumplía los 21 años cuando se extinguió su canto, el 22 de Mayo de 1925, una tibia tarde de otoño, la estación amada por el poeta.
El poeta Ángel Cruchaga lo recuerda y rinde un homenaje elegíaco, en uno de sus “Poemas del pueblo de San Bernardo”

“Aquí vino a morir Romeo Murga, / pálido joven de cristal herido.
/ Aquí oyó un horizonte / de pájaros creando la mañana; / y entre sus manos la canción caía / como calida esencia derramada.’’
21 años después de su muerte, su hermana Berta, depositaria de su obra, decide publicar su obra fundamental, “El canto en la sombra”. Por este libro podemos medir el alcance de la poesía de Romeo Murga, entrar en su mundo y ver con sus ojos, palpar el clima de esos años con la melancolía de un poeta adolescente, y sentir, solo una vez, como fue esa época de privaciones donde se desarrolló la poesía más cercana al ideal romántico en nuestro país.

“Toda mi poesía, oh Amada, no es más que eso: / el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo. / Estás en mis cantares, bella y eterna y sola, / mostrando tu divino modo de ser hermosa. / ¡Las que se inclinen sobre mi río de canciones / solo verán al fondo tu imagen temblorosa!”

Por Marcelo Escobar


Vida de un Poeta al Margen

La literatura desde siempre ha sido un terreno habitado por seres torturados y dolorosamente sensibles, en su gran mayoría.
No todos han conseguido el reconocimiento, y una lista de los que quedaron en el camino sería demasiado larga. Chile no ha sido la excepción, y también hemos tenido escritores que dejaron una huella que aún no se extingue. Las aves que graznaron menos fuerte en la bandada de la literatura, pero aun así perdura su obra y cada cierto tiempo se rescata para las nuevas gene-raciones.
En esta columna empezaremos a conocer a algunos de los que Teillier llamo “Los poetas olvidados”.

Hace ya varios años, tuve la primera referencia sobre un oscuro poeta que habitó el Santiago de principios del siglo XX. La leí en un pequeño artículo que describía su paso trashumante por la sociedad de aquella época. A pesar de ser un relato muy condensado y vago, logró despertar mi curiosidad sobre la extraña y hermosa vida de este bardo criollo.
Ha pasado el tiempo y me enfrento al desafío de escribir este artículo. ¿Sobre qué escribir? La respuesta la tengo en una gran caja de cartón, donde guardo mis libros, entre los cuales poseo algunos con referencias al poeta, además de recortes de prensa sobre su trágica existencia.
Con el tema en mi cabeza, me dispongo a escribir este texto sobre el extraordinario personaje que fue Pedro Antonio González, como un homenaje a casi cien años de su muerte, al que probablemente fue el primer y más auténtico poeta maldito de nuestro país. (Otro maldito de nuestra literatura, Teófilo Cid, declaraba haber asistido a varios funerales de últimos poetas malditos).
Pedro Antonio González nació el 22 de mayo de 1863, en la localidad de Coipué, comuna de Curepto en la séptima región. De pequeño quiso ser cura, pero afortunadamente para nuestras letras, su tío Fray Pedro Armengol Valenzuela lo hizo desistir, y lo envío a estudiar a Santiago, con el argumento de que debía ayudar a mantener a su familia.
Pero el buen tío al poco tiempo le suspendió las entregas de dinero, porque al parecer el joven Pedro Antonio estaba adquiriendo ideas reñidas con la religiosidad de su tío y las buenas costumbres de la época.
Y es en este punto donde se empieza a torcer la vida del poeta cureptano y se comienza a tejer la leyenda del poeta bohemio.
Inflamado de ideas demasiado vanguardistas para la época, ideas por las que incluso sus pares lo llamaron padre del modernismo, comienza su viaje por los senderos más oscuros de la literatura marginal de nuestro país y de aquellos años. Cuando aún no se apagaban los ecos de la sangrienta revolución de 1891, que terminó con el suicidio del presidente Balmaceda en la legación argentina, se comenzaron a forjar las desventuras de González.
Con el escenario de la ciudad saqueada por el bando congresista y las persecuciones políticas (que no son una invención de nuestro siglo), comienza su trágica vida. En un Santiago muy distinto al actual, que si bien ahora nos parece desolado, lo podemos imaginar a fines del siglo XIX, donde los servicios eran precarios y el alumbrado público casi no existía. El poeta se encontró solo y sin dinero en la pequeña y hostil ciudad que era Santiago.
González escogió el sector más marginal de la ciudad como refugio, la parte fea, el lugar en que desde la colonia, se entierran nuestros muertos y se olvida a los locos de nuestra sociedad, más demente aún (en nuestros días, la tradición se mantiene). Hablo del barrio Recoleta y Avenida la Paz con sus cementerios y sus casas de orates, que parecían ser el lugar indicado para la nueva vida del poeta en ciernes.
Lector de Dante, Lord Byron, Victor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, comenzó la metamorfosis, la conversión en un maldito, definición con la que se conoció principalmente a los tres últimos nombrados y, que aún no era acuñada en Chile. Una de las razones, me parece, para ser considerado una auténtica flor del mal.
Enigmático, oscuro, huraño, melancólico, o como lo entenderíamos hoy, gótico, deambulaba por los extramuros de la ciudad, en bares de barrios marginales, bebiendo el vino de los amaneceres, perdido en los arrabales con sus sucios manuscritos escondidos en los bolsillos. Según cuenta su mejor amigo, el escritor Antonio Orrego Barros, qué arrendaba una pequeña casita en la calle Salas, de la cual se reservaba una pequeña habitación y el resto lo subarrendaba a obreros que le adeudaban eternamente el pago, y a los que su bondadoso corazón nunca pensaba en lanzar a la calle.
Quizás en algún período menos oscuro, cuando se ganaba la vida como profesor, se enamoró de una de sus alumnas, Ema Contador. Se casaron el martes 13 de mayo de 1897, ella vestida de colegiala. Pero la sed asesina (la misma que mató a Allan Poe y a Verlaine) y su bohemia formidable deshicieron el vínculo en muy corto tiempo.
Uno de los episodios más conocidos de su desordenada forma de vida, relata la noche de su boda, que pasaron en un cuartucho aledaño a la casa de orates, y en el que sin siquiera tocar a la virgen se fue de parranda. La pobre novia tuvo que soportar los gritos y alaridos de sus vecinos locos aquella noche demencial. Ema, asustada, lo abandonaría pocos años después y se marcharía con un circo pobre, de los que recorren el país entregando su teatro miserable. El poeta le habría dedicado los poemas «Sombra» y el «Asteroide XL».
De vuelta a su miseria, es difícil imaginar que convivió en el mismo tiempo y en una ciudad tan pequeña, con poetas de la talla de Ruben Darío (que poco tiempo atrás lanzara un grifo Azul sobre los cerros de Valparaiso), Carlos Pezoa Véliz (que tuvo una vida similar a la del poeta de Curepto y que también tendría un final demoledor), de los cuales no quiso ser amigo ni compartir sus experiencias literarias.
Pero la explicación no ha de ser muy compleja, como relatan sus amigos. González era de poco trato social, no rendía concesiones, ni gustaba del halago fácil; no se inclinaba ni otorgaba alabanzas. Bailaba en su pobreza con la gracia de un noble, odiaba los cenáculos literarios (sin mencionar su escasa difusión), podía ser muy pedante o extremadamente tímido.
Sus últimos años los pasó como el habitante más ilustre que ha tenido el mítico bar «El Quitapenas», lugar que se convirtió, alrededor de 1900, en su biblioteca, dormitorio, sala de trabajo, bar. La célebre habitación de Van Gogh haría palidecer a la del bardo. Formaban su miserable cuarto, un catre de fierro, un lavatorio y una silla que usaba como improvisado escritorio, además de un cajón en el que guardaba sus manuscritos, (varios volúmenes de la más extraña y cósmica poesía). y con los que señaló nuevos horizontes para los jóvenes poetas. El autor incurría en deudas en el Quitapenas, que por su mandato eran canceladas por Antonio Orrego Barros, su amigo de toda la vida.
Mientras su pensamiento se elevaba a alturas delirantes, su cuerpo se sumergía en la miseria. Sus ideas las concebía empapadas en la tinta del vino barato y deambulaba errático por las sucias calles del otro lado del río, porque González fue también un habitante del otro lado. Un espléndido escritor dedicado sólo a su pasión: la poesía, desdeñando las facilidades de una vida sin complejidades. Un autor que se escapó de su época y aún es un adelantado para la nuestra, un bebedor, que pasó por la vida «con un atado de papeles sucios bajo el brazo», y le exprimió toda su esencia, sin venderse, heredándonos en ese montón de papeles sucios, toda una vida de trabajo y de pasión. Un ejemplo que viaja a través del tiempo y se hace tan actual para los que transitamos por la vida sin darle un sentido, rendidos a la comodidad de nuestra fácil existencia.
De la propia mano del escritor conocemos un desgarrador retrato de sus últimos días: «cuando las puertas del hospital se cierran y ya está entrando el crepúsculo, me pongo triste. Esta sala se va oscureciendo poco a poco. Voy persiguiendo la luz que se va por arriba del muro. Entonces entra la luz mortecina del farol. Pienso las cosas más disparatadas… Y aunque me han puesto este biombo para que no mire a los otros enfermos, miro todas las camas y me imagino los rostros flacos, amarillentos con los ojos hundidos…».
Pedro Antonio González murió a los cuarenta años, el 3 de octubre de 1903, en una sala común del hospital San Vicente de Paul, en Santiago. Llegó el momento en que las dos almas que formaron su compleja personalidad, murieron abrazadas en la sala San Carlos de ese hospital.
Entre sus legados, nos dejó su libro «Ritmos» publicado póstumamente por su amigo Marcial Cabrera, su otra publicación, «Sus mejores poemas», 4ª edición, en 1927, es una recopilación prologada por su otro amigo, Armando Donoso.
Basado en su poema «El Monje», se hizo la primera película de la Andes Filmes, la trigésima hecha en el país. Una colección norteamericana, editada por la Universidad de California, «Modern Philology» le dedica el volumen 40 al estudio de su obra, y también se convirtió en protagonista de dos novelas «La Pluma Blanca», de Marcial Cabrera, y «El Laurel sobre la Lira», de Luis Enrique Délano. Además es reconocido en casi todas las antolo-gías de literatura hispanoamericana. Una calle en Santiago lleva su nombre.
Ese es el modesto premio a un poeta que dedicó la vida a su obra, a pesar de que el tiempo y la oscuridad pretendieron sumergirlo en el desconocimiento. Siempre habrá alguien, quizás seas tú, quien transmitirá su bella historia, sólo para iluminar.
Se supone que su cuerpo descansa en su barrio de siempre, en el Cementerio General. Algún día pasaré por ahí, y brindaré a su salud, y quizás también lea alguno de sus versos y le platique sobre todos los nuevos poetas que siguen sus aguas, y manejan un atadito de papeles, con círculos violáceos por las copas de vino o quemados por chispas de cigarrillos.

Por Marcelo Escobar


la literatura Imposible

De todos los libros imposibles, el más imposible es, sin duda, la Biblia. Suena a profano, a herejía, a burla, pero es verdad. Mezcla de creencias místicas, de interpretaciones unilaterales, machismo, intolerancia, autoritarismo, semitismo en grado superlativo, excluyente, xenófoba, hebraica, la Biblia encierra todos o prácticamente todos los ingredientes como para convertirla en el “best seller” de todos los tiempos. En ella encontramos de todo y para todos los gustos: desde el amor filial hasta el amor profano, desde la buena fe hasta la mala fe, desde la bondad rayana en la estupidez hasta la maldad en su forma más pura y simple. No en vano es “el libro de todos los libros”, fuente inagotable de inspiración, vertiente de donde beben los más crédulos y lugar frecuente de los debates bizantinos.

Comparada con los demás libros sagrados que se han escrito, la Biblia reúne en sí todas las características de una literatura imposible: falta de ubicación terrenal –el paraíso, el infierno, la tierra prometida-, una lista interminable de héroes sobrenaturales –David, Sansón, Moisés, Jesucristo-, y sus antagonistas visibles –Goliat, Dalila, el Faraón, Judas-; situaciones anómalas, de raíz milagrosa –la fuerza sobrehumana, las plagas desatadas a voluntad sobre todo un pueblo, la resurrección-, contribuyen de un modo u otro a que esta lectura imprescindible esté más cerca de una obra de ficción hábilmente tejida que de un libro histórico-religioso. Comparada con libros producidos por una sola imaginería, es, sin duda, una obra maestra de lo imposible.

El maestro de la literatura imposible, H. P. Lovecraft, con su obra capital, el siempre mal interpretado Necronomicón, se opone a esta visión cosmogónica con seres de una imposibilidad absoluta, carente de formas, inimaginables, preternaturales, que habitan la Tierra desde tiempos remotos. Estos seres se arrastran por los secretos túneles de la Tierra, invaden los sueños, enloquecen a quienes los han visto y llenan las páginas de los libros que Lovecraft y sus discípulos han escrito, sembrando la duda sobre este manuscrito, producto de la afiebrada visión del árabe loco Abdul Al Alzared, si existe realmente en alguna de las bibliotecas que dicen tenerlo. Ante toda duda, la obra presenta matices de una realidad palpable, sembrando la contradicción y el temor, cuestionable en su forma, pero no ajena de la curiosidad humana.

Otro maestro de la literatura imposible, el sudafricano J. R. R. Tolkien, nos lleva a un mundo diminuto de enanos, gnomos, brujos, magos, héroes a toda prueba, seres infernales, malvados de tomo y lomo, con toda una muestra de códigos lingüísticos, tierras fantásticas, bosques de brumas interminables, extensas llanuras donde el bien y el mal se enfrentan en una lucha encarnizada.

Si hemos de considerar también la literatura imposible como muestra de engaño y divertimento intelectual, cabe mencionar algunos cuentos de Jorge Luis Borges, como son, por ejemplo, Tlon, Ukbar, Orbis Tertius, donde hace gala de una imaginación insuperable en el género. O también esa búsqueda espiritual, ecuménica, del mítico Almutásim, del cual nadie y todos tienen una memoria de reflejo, espejista, laberíntica, tan propia del escritor argentino.

Así como Borges se reía de sus lectores con invenciones de libros que no existían, Umberto Eco, en su entrañable El nombre de la Rosa, rinde homenaje a Borges plagiando su extensa e improbable erudición en literaturas de épocas remotas, tan desconocidas como sus posibles autores, lo cual nos deja la ingrata sensación que el par de cientos de libros que hemos leído en nuestras vidas no son nada en comparación con los que estos “monstruos” leyeron para llegar hasta esos niveles de cultura. Eso realmente desanima y lleva a decirnos como Sócrates: sólo sé que nada sé.

La literatura imposible no es patrimonio solamente de los grandes genios de la historia; hoy en día bástenos con mirar de soslayo un diario cualquiera en un kiosco cualquiera para comprobar que la imaginación ha rebasado los límites de la realidad, confrontando cifras de una falaz economía en desarrollo con las cifras de desempleo o pobreza extrema. Bástenos con oír a un político para justificar el incremento de la literatura imposible y las posibilidades reales de convertirse en posible, para que ésta asuma ribetes de verdad.

Gracias a Dios, prescindiendo de la obra maestra de la literatura imposible, aún tenemos refugio donde ca-pear este aguacero de mentiras siniestras, en esta literatura que dio paso a la verdad prefabricada con mentiras de segunda mano que en nada se parecen a la realidad que nos han mostrado la Biblia, Lovecraft o Borges, por imposibles que sean. Aunque parezca imposible.

Por Bernardo Astudillo